La crisis de la izquierda no se explica solo por la ofensiva neoliberal, la desindustrialización o el debilitamiento del movimiento obrero organizado. Hay también una crisis de concepción política, más silenciosa y más profunda. Durante las últimas décadas, organizaciones que nacieron para transformar el orden social han ido dejando atrás la función que les dio origen, que era organizar a la clase trabajadora para disputar el poder y construir una alternativa al capitalismo. Muy recientemente, en nuestro medio, tras la experiencia de la riada en una gran área de València (DANA), por ejemplo, la dirección comunista vuelve a convocar para subsidiar (con agua y enseres) a la población transeúnte que el Ayuntamiento quiere erradicar del antiguo espacio de la Fórmula I.
Para entender esa deriva sigue siendo útil volver a James Petras, el sociólogo estadounidense que murió el pasado mes de enero tras dedicar más de medio siglo a estudiar el imperialismo, la lucha de clases y las trampas del reformismo latinoamericano1. Petras enseñó en Binghamton, colaboró con el gobierno de Salvador Allende y participó junto a Julio Cortázar y Gabriel García Márquez en el Tribunal Russell que documentó los crímenes de las dictaduras del Cono Sur2. Desde ese lugar, escribió uno de los diagnósticos más incómodos que se han hecho sobre la propia izquierda.
La metamorfosis que describió Petras
En textos como La metamorfosis de los intelectuales latinoamericanos, Petras explicó cómo buena parte de la intelectualidad marxista fue sustituyendo el análisis de clase por un discurso centrado en la gestión democrática, las identidades fragmentadas y la sociedad civil3. La revolución dejó de ser un objetivo político para convertirse en una referencia retórica. En su lugar aparecieron los proyectos financiados, las consultorías, la cooperación internacional y las organizaciones no gubernamentales, cuya actividad no llegaba a cuestionar los fundamentos del orden capitalista.
Petras fue más allá de la crítica cultural. Denunció que muchas ONG financiadas por potencias occidentales y por el Banco Mundial actuaban como un ariete desmovilizador de las luchas sociales, porque despolitizaban los conflictos de clase y sustituían la organización desde abajo por políticas asistencialistas y microempresas4. No era, decía, un simple cambio de lenguaje. Era un cambio de función histórica. Donde antes había una estrategia para conquistar el poder, apareció una lógica orientada a administrar los efectos del capitalismo sin tocar sus causas.
Allí donde antes existía una estrategia para conquistar el poder, apareció una lógica orientada a administrar los efectos del capitalismo sin poner en cuestión sus causas.
Cuando la solidaridad sustituye a la política
Ese desplazamiento no se quedó en América Latina. Ha terminado afectando también a partidos europeos, incluidos varios del Estado español. Cada vez con más frecuencia, organizaciones nacidas para organizar políticamente a la clase trabajadora dedican buena parte de sus esfuerzos a tareas asistenciales, campañas solidarias o iniciativas humanitarias. Son actividades socialmente útiles y moralmente valiosas, pero no son la misión específica de un partido revolucionario.
La solidaridad siempre ha formado parte de la tradición obrera. Las cajas de resistencia, las cooperativas, el apoyo mutuo y la ayuda a quienes sufrían represión fueron herramientas imprescindibles para fortalecer la PROPIA organización popular desde ella misma. Nunca sustituyeron, sin embargo, la intervención política. Servían para reforzar la conciencia de clase de las personas afectadas, no para ocupar su lugar. Cuando la solidaridad pierde esa dimensión y se convierte en el centro de la actividad de una organización, aparece un problema de identidad. Un partido deja de diferenciarse de una ONG. Sus militantes gestionan cada vez más consecuencias y organizan cada vez menos conflictos. La emergencia permanente desplaza la construcción de poder popular.
La DANA y las Brigadas del PCPV.
La experiencia de las Brigadas Voluntarias impulsadas por el PCPV tras la DANA que devastó numerosos municipios valencianos en octubre de 2024 ilustra bien este debate. El partido puso a disposición de la población varios de sus locales en Valencia, Paterna, Sagunt y Algemesí, reactivó su histórica publicación CAL DIR y movilizó a cientos de voluntarios que repartieron alimentos, limpiaron viviendas y denunciaron a empresas que seguían operando pese al riesgo para sus trabajadores5. Meses después, esas mismas brigadas organizaron jornadas sobre gestión de emergencias con la Defensa Civil cubana y comenzaron a impulsar Grupos de Defensa Civil vinculados al tejido comunitario6.
Nadie puede cuestionar la honestidad ni el esfuerzo de quienes participaron en esas labores. La pregunta política es otra. ¿Debe un partido comunista medir su utilidad social por su capacidad de hacer voluntariado o por su capacidad de organizar políticamente a la clase trabajadora frente a las causas estructurales que provocan esas tragedias? La DANA no fue solo un fenómeno meteorológico extremo. Fue también el resultado de décadas de especulación urbanística, debilitamiento de la planificación pública, privatización de servicios y subordinación del territorio a la lógica del beneficio privado. El papel de un partido revolucionario no puede limitarse a ayudar cuando llega la catástrofe. Consiste, sobre todo, en organizar la respuesta política para impedir que esas condiciones vuelvan a reproducirse.
Militancia, no asistencialismo
Cuando un partido se limita a las tareas asistenciales corre el riesgo de quedar atrapado en la misma lógica que Petras denunció hace décadas. El conflicto entre capital y trabajo desaparece del centro del análisis. La organización política se sustituye por el voluntariado, la estrategia por la gestión, la lucha por el poder por la administración de sus consecuencias. El fenómeno no es exclusivo de ningún partido ni de ningún país. Atraviesa buena parte de la izquierda europea desde hace años, empujada por la institucionalización, la pérdida de implantación en los centros de trabajo y la creciente dependencia de agendas ajenas.
El marxismo nunca concibió el partido como una asociación benéfica. Para Lenin era el destacamento encargado de elevar la conciencia política de la clase trabajadora y dirigir su lucha por el poder. Para Gramsci era el moderno Príncipe, capaz de construir una nueva hegemonía. En ambos casos su razón de ser era política, no asistencial. Los partidos no existen para sustituir a los servicios públicos, a las asociaciones vecinales o a las entidades humanitarias. Existen para organizar a quienes viven de su trabajo, elaborar una estrategia de transformación social y disputar el poder a las clases dominantes.
La solidaridad seguirá siendo un valor irrenunciable para cualquier proyecto emancipador, pero solo tiene sentido revolucionario cuando fortalece la organización colectiva y desarrolla conciencia de clase. Cuando ocupa el lugar de la política, deja de ser una herramienta de emancipación para convertirse en un mecanismo de adaptación al orden existente. El neoliberalismo no solo ganó privatizando empresas y recortando derechos. Ganó también cuando consiguió que una parte de la izquierda olvidara para qué había nacido.
Qué podemos hacer
Recuperar la función de vanguardia no significa abandonar la solidaridad, significa subordinarla a un proyecto político claro. En la práctica cotidiana, eso empieza por preguntar en cada asamblea, en cada campaña y en cada brigada de ayuda mutua qué estamos organizando además de repartir ayuda, y qué conciencia de clase estamos construyendo mientras lo hacemos. Significa también exigir a nuestras organizaciones formación política sostenida, no solo comunicación y gestos, y medir el éxito de una intervención por su capacidad de dejar tras de sí estructura organizativa duradera, comités de vivienda, secciones sindicales, redes vecinales con memoria y continuidad, no solo por la ayuda puntual entregada. Si militas en un partido, un sindicato o un colectivo, puedes proponer que cada tarea asistencial incluya un momento explícito de análisis colectivo de las causas estructurales del problema que se está atendiendo. Esa es la diferencia entre apagar un incendio y organizar para que no vuelva a empezar.
- Sobre la trayectoria y el fallecimiento de James Petras, El Triangle: eltriangle.eu
- Biografía y trayectoria académica y militante, Rebelión: rebelion.org
- Petras, J. (1988). «La metamorfosis de los intelectuales latinoamericanos». Estudios Latinoamericanos, 3(5): revistas.unam.mx · Contropiano: contropiano.org
- «Las ONG según James Petras», Solidaridad.net: solidaridad.net
- Mundo Obrero, brigadas del PCPV tras la DANA: mundoobrero.es y mundoobrero.es
- Jornada del PCPV y las Brigadas Voluntarias sobre Defensa Civil, Cubainformación: cubainformacion.tv
