En plena escalada autoritaria del imperialismo mundial, resulta importante analizar los mecanismos empleados por gobiernos y medios de comunicación para la generación de odio social hacia segundos y terceros países y colectivos de población. Seguidamente resumimos algunos hallazgos históricos de la psicología social crítica, poco conocidos pero muy significativos. En 1954, unos investigadores convirtieron a dos grupos de 11 niños normales en enemigos en 72 horas sin decirles a quién debían odiar. Solo tuvieron que diseñar el escenario adecuado. Pero, setenta años después, alguien sigue diseñando el nuestro y urge conocer cómo responder.
Es habitual pensar que odiamos, amamos o nos indignamos por elección propia. Sin embargo, nuestro entorno puede estar construido para empujarnos en una dirección concreta mientras nos deja intacta la sensación de que decidimos libremente. No hace falta que nadie nos diga qué pensar, basta con imponer qué vemos y con ocultarnos ciertas cosas. A esa suerte de ingeniería social también podemos llamarla encuadre emocional, y su mecánica quedó al descubierto en unos experimentos de la psicología social a mitades del siglo XX, denominados la “Robbers Cave (Cueva de los Ladrones)”. Una iniciativa cuya tercera fase (soluciones, alternativas), por cierto, fue silenciada hasta hace bien poco y por motivos difícilmente inocentes.
El «nosotros» no necesita un enemigo para nacer
En el verano de 1954, el psicólogo turco-estadounidense Muzafer Sherif reunió a 22 niños de once años, blancos, de clase media y cuidadosamente seleccionados por su estabilidad emocional, en un campamento dentro del parque estatal de Robbers Cave, en Oklahoma. Los dividió en dos grupos que, durante la primera semana, ni siquiera sabían de la existencia del otro. Sin competencia y sin rival visible, cada grupo generó por sí solo jerarquías, normas y una identidad compartida. Así uno se bautizó Rattlers (Serpientes de Cascabel) y el otro, Eagles (Águilas). Cada uno desarrolló su propio himno y bandera antes de saber que existía un «ellos», el otro grupo.
Ese dato, casi siempre eclipsado por lo que vino después, es importante resaltarlo: la cohesión de grupo no necesita un enemigo para formarse. Nace del simple hecho de compartir condiciones, tareas y cotidianidad. El odio, en cambio, sí necesita algo más. Necesita ser fabricado.
La escasez fabricada como arquitecto del conflicto
En la segunda fase, el equipo de Sherif introdujo el ingrediente que transformó la convivencia en hostilidad. Diseñaron un sistema de premios de «ganador único» en torneos de béisbol, tiro de cuerda y otras pruebas, donde el equipo perdedor se quedaba literalmente sin nada. No hubo que adoctrinar a nadie en el odio, bastó con configurar la escasez. Y en menos de dos días, los niños quemaban banderas, asaltaban cabañas y componían cánticos sobre lo mal que olía el otro bando.
La lección política de esta fase es que el conflicto no surgió de ninguna diferencia real entre los dos grupos —eran, en todo lo que importa, idénticos— sino de una estructura de recursos deliberadamente diseñada para que solo uno pudiera ganar. Sustituyendo «medallas» por «vivienda», «empleo» o «servicios públicos», tendremos una descripción bastante precisa de cómo se fabrica la hostilidad entre trabajadores en cualquier sociedad donde el acceso a lo básico se organiza como una competición de suma cero.
El odio no responde a la existencia de un rival, sino a un diseño de la escasez que obliga a competir por lo que debería estar garantizado para todos.
Cuando el otro deja de ser una persona
En la experiencia, a medida que la rivalidad escalaba, los niños dejaron de juzgar hechos concretos y empezaron a etiquetar identidades. Si su equipo perdía, era «mala suerte»; si ganaba el otro, era porque «hacían trampas por naturaleza». De ahí a la deshumanización hay un paso corto, cuando el rival deja de ser alguien que hizo algo y pasa a ser, sencillamente, alguien que «es» el problema. Es el mecanismo que opera hoy cada vez que una etiqueta —»los otros», «los extranjeros», «los diferentes», «los radicales»— sustituye a unas personas cada una con nombre, condiciones materiales e historia propia.
Este paso no ocurre porque sí, es exactamente lo que produce, con enorme eficacia, un sistema económico capitalista que necesita que los de abajo no se reconozcan entre sí como iguales. La deshumanización del migrante, del vecino de otro barrio o del compañero de otro sindicato cumple la misma función que las medallas de Robbers Cave, desvía hacia tus iguales la rabia que debería apuntar hacia arriba.
La verdad que prefieren olvidar
Durante décadas, Robbers Cave se ejemplificó como la prueba de que el conflicto entre grupos es poco menos que inevitable. Pero en su libro de 2018 The Lost Boys, la investigadora australiana Gina Perry desenterró en los archivos de Sherif un experimento previo, silenciado durante más de sesenta años. En 1953, en Middle Grove (Nueva York), el propio Sherif había intentado el mismo montaje con otro grupo de niños. Fracasó. Los chavales percibieron que los adultos manipulaban las situaciones para enfrentarlos y, en lugar de odiarse entre ellos, se unieron contra los investigadores.
Ese fracaso es la clave que el relato oficial casi nunca cuenta: el odio necesita que su ingeniería permanezca invisible. Por eso, en 1954, el equipo de Sherif añadió una dosis de secretismo extra, los investigadores lamentaban en público la mala conducta de los niños mientras, en privado, cortaban el suministro de agua o facilitaban cerillas para quemar banderas rivales. Solo así lograron que los chavales creyeran que su hostilidad era espontánea y no inducida.
Traducido a nuestro presente, ocurre lo mismo cuando un medio, una plataforma o un discurso público presentan como «espontánea» una polarización que en realidad beneficia a alguien muy concreto —en audiencia, en votos, en beneficios publicitarios—. Está reproduciendo exactamente ese punto ciego. El odio sobrevive cuando el diseño social que lo produce se mantiene y permanece oculto.
Metas compartidas es el único camino de retorno
Sherif comprobó también algo que suele pasarse por alto al hablar de sus investigaciones. Comprobó que ni el ocio compartido ni la simple convivencia bastaban para desactivar la hostilidad ya instalada. Bajo un marco de amenaza, cualquier gesto del otro grupo se interpretaba como una nueva provocación. Lo que funcionó contra el odio instrumentado fue obligar a ambos bandos a cooperar ante problemas que ninguno podía resolver solo. Así, en la tercera fase de su experimento fue introduciendo este tipo de circunstancias. Por ejemplo, una avería en el suministro de agua que exigía búsqueda conjunta de ambos grupos de niños, un camión de provisiones que había que arrancar tirando todos juntos de una cuerda, o una película que solo pudieron pagar sumando los ahorros de los dos grupos.
Este enfoquen de las metas supraordenadas resultó súper efectivo contra el odio tribal. Porque este desaparece o no llega a cuajar cuando se plantean objetivos que ningún grupo alcanza en solitario y que solo se resuelven mediante una interdependencia real. Dicho de otro modo, la solidaridad de clase se construye organizando condiciones materiales en las que la victoria de unos depende de la cooperación con otros.
¿Quién diseña hoy el campamento global?
El experimento se hizo en un parque de doscientas hectáreas con veintidós niños y un equipo de investigadores que controlaba cada variable. Nuestro escenario actual es infinitamente más grande y su arquitectura, mucho menos visible. Algoritmos que premian la indignación porque esta retiene más tiempo de atención y, con ella, más ingresos publicitarios; discursos institucionales que convierten cada matiz social en una traición ideológica; medios que fabrican carencias simbólicas —de vivienda, de empleo, de reconocimiento— y luego señalan a quien tenemos más cerca como responsable de esa escasez.
La diferencia con Robbers Cave no está en el mecanismo, sino en quién se beneficia de él. Allí eran investigadores con una hipótesis académica. Aquí y ahora son estructuras de poder económico y político con intereses muy concretos en que la clase trabajadora, los migrantes recién llegados y los vecinos de un mismo barrio empobrecido se perciban como rivales antes que como iguales enfrentados a las mismas condiciones materiales. El «cóctel del odio» —competencia por recursos, comparación social, cierre identitario— se activa porque a alguien, arriba, le resulta rentable que sigamos mirándonos unos a otros como amenaza en lugar de mirar hacia quien diseña el tablero.
Cómo combatir la ingeniería del odio
Nombrar la estructura antes que la emoción. Igual que los niños de Middle Grove desactivaron el experimento en cuanto identificaron a los adultos que lo dirigían, el primer gesto de resistencia consiste en preguntar, ante cualquier oleada de indignación, quién se beneficia de que miremos hacia un lado y no hacia otro. No basta con sentir que algo es injusto, hay que rastrear el diseño —el algoritmo, el titular, el decreto— que produjo esa sensación en ese momento y no en otro.
Rehusar el lenguaje que convierte hechos en identidades. El paso de «hizo algo» a «es así» es el mecanismo que abre la puerta a la deshumanización. Sostener el matiz —hablar de conductas, decisiones y condiciones materiales concretas en vez de categorías cerradas («extranjeros», «diferentes», «radicales»)— es la única forma de mantener activa la capacidad de reconocer al otro como igual.
Construir interdependencia real. Sherif demostró que la convivencia sin más no cura nada. Lo que funcionó fue obligar a los dos grupos a necesitarse mutuamente ante un problema concreto. Trasladado a la organización política, eso significa priorizar espacios —sindicatos, asambleas vecinales, plataformas de vivienda— donde personas con historias distintas dependan objetivamente de la cooperación de las otras para conseguir algo que ninguna lograría sola.
Desconfiar de la indignación ya dirigida. Cuando una rabia legítima llega empaquetada señalando exactamente a quien está tan precarizado como nosotros —el migrante, el vecino del barrio de al lado, el compañero de otro gremio—, conviene sospechar del empaquetado antes que de la persona señalada. La pregunta que hay que hacerse es quien controla el reparto de los recursos por los que se nos hace competir.
Hacer visible el punto ciego, colectivamente. El odio sobrevive mientras su ingeniería permanece oculta. Compartir con otros —en la asamblea, en los medios, en el centro de trabajo, en el barrio— el mecanismo concreto que está fabricando una división determinada es, en sí mismo, un acto de organización. Convierte una emoción aislada en una lectura política compartida, que es exactamente lo que el diseño del enfrentamiento intenta impedir.
Qué hacer
Antes de emplear una etiqueta —»extranjero», «comunista», » izquierdista»— conviene preguntarse quién se beneficia de que dos personas con las mismas condiciones materiales se vean como rivales. Los niños de Middle Grove desactivaron el experimento en cuanto identificaron a quien lo diseñaba. Negarse a odiar socialmente empieza por señalar la arquitectura, no solo la emoción.
En términos prácticos, eso significa sostener espacios —sindicales, vecinales, asamblearios— donde la interdependencia sea real y no declarativa. Proyectos concretos que dependan de la cooperación entre quienes el discurso dominante intenta enfrentar. También significa desconfiar de cualquier indignación que llegue ya perfectamente dirigida hacia quien está tan precarizado como nosotros, y hacerse la pregunta de quien controla el reparto de los recursos por los que se supone que debemos competir.
- Oxford Reference, «Robbers Cave experiment» — oxfordreference.com
- Simply Psychology, «Robbers Cave Experiment: Realistic Conflict Theory» — simplypsychology.org
- Psychology Notes HQ, «Robbers Cave: Sherif’s Study, 3 Stages & Conflict Resolution» — psychologynoteshq.com
- New Statesman, «How Gina Perry gave a voice to the «lost boys» of Robbers Cave» (2018) — newstatesman.com
- William-Golding.co.uk, reseña de «The Lost Boys» de Gina Perry sobre el experimento de Middle Grove (1953) — william-golding.co.uk
- Scribe Publications, ficha del libro «The Lost Boys: Inside Muzafer Sherif’s Robbers Cave Experiment» (Gina Perry, 2018) — scribepublications.com
