Asturias vive este julio un debate que desborda la agenda estival de las Cuencas mineras. Frente al desmantelamiento industrial acumulado durante décadas, Izquierda Unida de Langreo ha presentado en la Junta General del Principado una proposición de ley para declarar el taller de Barros del municipio como bien de utilidad pública, abriendo así la puerta a una expropiación de los terrenos de Duro Felguera si no se alcanza un acuerdo de compra. El objetivo declarado es facilitar la instalación de una planta de Indra, el gigante tecnológico y militar español, en un procedimiento parlamentario abreviado —la «lectura única»— que la propia formación pretende cerrar antes de que termine el mes.
La necesidad de empleo en Langreo, que ha perdido buena parte de su tejido industrial y población en las últimas décadas, es real. Sin embargo, la forma en que esa necesidad se propone resolver —expropiar suelo industrial para entregarlo, por la vía rápida, a la empresa armamentística, mientras se sostiene un relato de «paz» y «valores democráticos»— es una operación política muy discutible y que merece ser analizada con el mismo rigor con el que se analiza, en otros terrenos, al capital financiero.
Una distinción que no resiste el análisis
El argumento central de IU, tal como lo expone directamente la portavoz en el video, se sostiene sobre una separación conceptual entre «política de defensa» y «política armamentística». Según explica la secretaria de Organización de la formación, María Miranda, lo que IU respalda es una política de defensa «no otanista» y «soberanista», no la industria de las armas como tal.
El problema es que esa frontera no existe en el terreno material. Indra no fabrica equipamiento de protección civil, desarrolla sistemas de mando, control, comunicaciones e inteligencia que constituyen la columna vertebral de los estándares de interoperabilidad de la OTAN. Y el contexto industrial en el que se inserta la operación de Langreo lo confirma. A pocos kilómetros, en Trubia, Santa Bárbara Sistemas —filial española de la estadounidense General Dynamics, uno de los mayores contratistas del Pentágono— fabrica componentes militares que también llegan al ejército israelí. No se puede levantar un polo industrial en torno a esta cadena de suministro y sostener, al mismo tiempo, que no se está alimentando la maquinaria bélica global. La distinción entre «defensa» y «armamento» no es una precisión técnica, es una construcción retórica que permite votar rearme mientras se conserva el vocabulario pacifista.
El «Arco Atlántico» o la OTAN con otro nombre
La segunda pieza del argumentario de IU incurre en una contradicción todavía más difícil de sostener. La misma propuesta que se define como «no otanista» aspira a convertir a Asturias en el eje de defensa del llamado «Arco Atlántico». En el vocabulario de la seguridad occidental contemporánea, esa expresión describe, en la práctica, el espacio operativo de la propia Alianza Atlántica.
Reclamar ese papel estratégico mientras se dice rechazar la lógica de la OTAN es, sencillamente, una falacia. No puede ocuparse el centro de gravedad de una estructura de seguridad y a la vez presentarse como ajeno a ella. Por mucha práctica que se tenga, como fuerza política, en “cohabitar” con los social-liberales del PSOE en el gobierno y seguirse reclamando alternativo.
Gaza como argumento de venta
El punto más difícil de justificar es el uso de las tragedias internacionales como palanca retórica para el rearme local. En la defensa pública de esta operación se ha llegado a sostener que el genocidio en Gaza, o la violencia contra las mujeres en Afganistán, solo se detienen con una política de defensa que sostenga «los valores democráticos».
El sufrimiento de Gaza nunca se ha explicado por la falta de armamento occidental, sino por su abundancia y por su uso sistemático contra la población civil.
Invocar a las víctimas del armamento occidental para justificar la fabricación de más armamento occidental no es solo una contradicción lógica, es la señal más clara de hasta qué punto se ha normalizado la hipocresía y el lenguaje militarista dentro de una fuerza que se reclama de izquierdas.
De la solidaridad obrera al desalojo por decreto
Hay además una ironía histórica que la propia hemeroteca asturiana recuerda y que resuena también en lo sucedido en muchos otros lugares. Cuando los trabajadores de Duro Felguera defendieron en el pasado su industria y sus puestos de trabajo frente al desmantelamiento, encontraron en dirigentes de la propia izquierda asturiana, como Gaspar Llamazares, más reproche a su «radicalidad» que respaldo a su lucha. Hoy, la fórmula que se propone para «salvar» el empleo en Langreo consiste en despojar a esa misma empresa de sus terrenos mediante un procedimiento de urgencia diseñado, explícitamente, para minimizar el debate público, y entregarlos a la industria militar.
El argumento de que esas naves llevan más de una década sin actividad no despeja el problema de fondo, que la vía elegida no es la planificación industrial democrática ni la inversión pública en producción civil, sino la cesión acelerada de suelo estratégico al complejo militar-industrial, tramitada para que apenas haya tiempo de discutirla.
Por qué esto no es una política de izquierdas
Podemos resumir el problema en tres puntos. Primero, no existe una «industria de defensa» separable de la industria armamentística cuando la empresa beneficiaria fabrica sistemas militares integrados en las cadenas OTAN y cuando su entorno industrial inmediato suministra a ejércitos que participan en un genocidio en curso. Segundo, desde una perspectiva geopolítica, no se puede reivindicar soberanía frente al atlantismo mientras se aspira a ser su nodo regional. Y tercero, desde el punto de vista de la clase obrera, condicionar el futuro industrial y el empleo de una comarca entera a los contratos de la industria de la guerra hipoteca la capacidad de esa misma sociedad para sostener, después, cualquier posición antibelicista.
Esto no es reindustrialización. Es lo que otras voces del propio espacio de izquierdas han calificado, con razón, de colaboracionismo con el imperialismo. Es la aceptación de que la única salida posible para las Cuencas pasa por integrarse en el engranaje militar global, en vez de disputar una alternativa productiva civil.
Qué podemos hacer
La respuesta a la crisis industrial de las Cuencas no puede ser la resignación al rearme disfrazado de progreso, pero tampoco puede quedarse en la denuncia. Merece la pena exigir a IU, así como al PC regional y al resto de fuerzas del espacio de izquierdas asturiano una explicación pública, sin ambigüedad semántica, sobre a qué cadena productiva se quiere vincular el futuro de Langreo.
Merece la pena vincular la lucha sindical de las Cuencas con los movimientos antimilitaristas y con las plataformas de solidaridad con Palestina y el Sáhara Occidental, para que la exigencia de empleo no se separe de la exigencia de que ese empleo no dependa de la industria de la muerte.
Y merece la pena presionar, desde los ayuntamientos y desde la calle, para que la reindustrialización de las Cuencas se discuta con la profundidad que merece —y no por la vía rápida que evita precisamente ese debate— explorando alternativas de producción civil, economía social y planificación pública que no comprometan la posición antibelicista que decimos defender.
