La Escuela de Formación del PCPV propone para septiembre de 2026 unos textos que, bajo la excusa de actualizar el marxismo lo tergiversan, desdibujando el papel del imperialismo, la destrucción del Estado burgués y la función de un Partido de clase.
En el País Valencià, la Escuela de Formación del PCPV acaba de proponer unos materiales como base de la jornada prevista para septiembre de 2026. Principalmente, los cuadernos 6 y 7 de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) sobre «La concepción materialista de la historia» y «La teoría económica de Marx«. Lo sorprendente, sin embargo, es que estos cuadernos, firmados por Francisco Erice y publicados por el PCE, presentan un enfoque bastante discutible desde una perspectiva marxista-leninista. Aunque incluyen cierta exégesis de los textos clásicos de Marx y Engels, sin embargo, como ahora veremos, incurren en omisiones y contradicciones que desdibujan y desorientan la praxis revolucionaria. Toda persona tiene derecho a postular lo que considere, mejor o peor fundamentado. Otra cosa muy distinta es cuando esos planteamientos se trasladan a un ámbito de formación militante que requeriría, al menos, una definición ideológica afín al pensamiento y al programa político de esa misma organización, que se dice comunista.
¿Quién dice qué?
Francisco Erice Sebares es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Oviedo y forma parte de la Sección de Historia de la FIM (1). Es autor, entre otros títulos, de “En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo (2020)” y coeditor de un volumen sobre E. P. Thompson y el marxismo histórico (2). Su perfil intelectual, por tanto, se sitúa en el marxismo “académico” y el llamado «marxismo occidental», con una fuerte impronta de Antonio Gramsci, Edward P. Thompson y la Escuela de Frankfurt.
Asumiendo esa perspectiva, aunque los cuadernos son publicados por la Secretaría de Formación del PCE, el texto adopta una postura crítica frente a lo que llama el «marxismo-leninismo oficial», al que califica de «erial de notable pobreza» y lo tilda como dogmático, en particular durante la etapa de Stalin. Obviamente, con esta definición ideológica, el autor de los cuadernos presenta una visión descafeinada del marxismo, con amplias y sustantivas omisiones y desenfoques.
Las omisiones más significativas.
La primera ausencia, y la más grave, es la del imperialismo como fase superior del capitalismo. Los cuadernos se detienen en el análisis del capitalismo de libre competencia propio del siglo XIX; mencionan el colonialismo como «factor contrarrestante» de la caída de la tasa de ganancia, pero no incorporan la tesis leninista del capital financiero, los monopolios y el reparto del mundo como el estadio necesario para entender el capitalismo contemporáneo. Sin esa actualización, la teoría económica de Marx queda congelada en un momento histórico superado, y se pierde precisamente la herramienta que permite leer la guerra, la militarización y la dependencia periférica de hoy en clave de clase.
Una segunda omisión afecta al Estado. Se cita El Estado y la Revolución de Lenin, pero se enfatiza la «autonomía relativa» del Estado y su función de «sostener el equilibrio social», en vez de la conclusión central de Lenin, que es la necesidad de destruir el aparato estatal burgués mediante la revolución, y no solo de «profundizar en su papel» frente al neoliberalismo. Convertir la destrucción del Estado en una simple reforma de su función, implica vaciar de contenido revolucionario toda la construcción teórica leninista sobre el poder.
La tercera omisión, coherente con las dos anteriores, es la del Partido de Vanguardia. Al describir el paso de la «clase en sí» a la «clase para sí», los cuadernos reconocen que la conciencia de clase debe introducirse «desde fuera», pero no desarrollan el papel del Partido como herramienta organizativa e intelectual colectiva indispensable para la toma del poder. Se opta por un análisis sociológico de la conciencia de clase que deja sin resolver la cuestión que de verdad importa a quien se forma como militante, la de cómo se organiza, en la práctica, la toma del poder.
Un marxismo sin imperialismo, sin destrucción del Estado burgués y sin Partido de Vanguardia no es una variante del leninismo. Mucho peor, es su negación práctica, por más citas de Marx que incorpore.
Sesgos revisionistas.
Además de las omisiones, el texto incurre en contradicciones internas. En el cuaderno de economía, el autor admite que Marx «incurrió en errores admitidos por los propios defensores de sus teorías» respecto al problema de la transformación de valores a precios. Para el marxismo-leninismo, tratar esa discrepancia como un error de cálculo técnico, y no como la unidad dialéctica entre esencia y apariencia que Marx desarrolla en el tomo III de El Capital, debilita la cientificidad de toda la teoría del valor precisamente en el punto donde más se necesita firmeza argumental.
Algo parecido ocurre con la relación entre base y superestructura, presentada como una «simple metáfora», junto con elogios al «anti-economicismo» de Gramsci. El énfasis excesivo en la subjetividad revolucionaria y la autonomía de lo político puede leerse como una deriva hacia el idealismo que diluye el papel determinante de la base económica en el proceso histórico, justo el núcleo que hace del materialismo histórico una teoría científica y no una filosofía de la voluntad.
Por último, la caracterización de la interpretación histórica de la era soviética como «dogmática», «espesa» y «opresiva» ignora, desde una óptica marxista-leninista, los éxitos concretos de la planificación socialista y la aplicación efectiva del materialismo histórico en la construcción del primer Estado obrero, reduciéndolos a una «versión canónica» impuesta. Es una operación historiográfica que, bajo la forma de la autocrítica al estalinismo, termina por deslegitimar la experiencia soviética en bloque y por ende la revolución del 17.
Importancia de estas críticas.
Como hemos visto, los cuadernos ofrecen un marxismo descafeinado y divergente de la urgencia política del leninismo por superar la sociedad burguesa. Priorizan el diálogo con el pensamiento postmoderno y con la «historia total» universitaria, marginando la síntesis revolucionaria que entiende el marxismo y el leninismo como un arma de clase para avanzar hacia el socialismo mediante la toma del poder.
El problema, ya dijimos, no es que Francisco Erice sostenga estas posiciones a título personal, algo perfectamente legítimo en el debate intelectual. El problema es que ese enfoque se convierta en el material base de la formación militante de una organización comunista, transmitiendo a nuevas generaciones de cuadros una lectura de Marx sistemáticamente desactivada en sus consecuencias prácticas: sin imperialismo, sin destrucción del Estado y sin partido
Ante la jornada de formación de septiembre lo que corresponde, entonces, es preguntar públicamente por qué los cuadernos marxistas empleados no incorporan la teoría leninista del imperialismo; qué pasa con los planteamientos sobre la destrucción del aparato estatal burgués; y qué papel organizativo concreto debe jugar el partido en la transición de la conciencia de clase a la acción revolucionaria. Y es que, ciertamente, el contenido de la formación marxista de la militancia de un partido que se dice comunista nunca puede ser una cuestión menor, además de someterse a la misma crítica de clase que el marxismo aplica a cualquier otra ideología y circunstancia.
- Erice, F. — Sección de Historia, Fundación de Investigaciones Marxistas. fim.org.es
- Erice, F., En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo, Siglo XXI, 2020.
- Cuadernos de formación FIM/PCE 6 y 7: «La concepción materialista de la historia» y «La teoría económica de Marx». pce.es/formacion
