Como señala alguna prensa tras conocerse las últimas estadísticas, la evolución de los salarios en los últimos 30 años en España muestra una pérdida de poder adquisitivo creciente. Es decir, que los crecimientos nominales de los salarios han sido devorados sistemáticamente por el coste de la vida.
Cuando un trabajador o trabajadora observa que su nómina recoge más euros que hace una década, es razonable pensar que vive mejor. Sin embargo, los datos indican que esa percepción no se corresponde con la realidad del poder adquisitivo. Según un informe reciente de la OCDE, los salarios reales en España —aquellos que descuentan el efecto de la inflación— han aumentado solo un 2,76% en los últimos 30 años, situándose entre los peores resultados de los 38 países que conforman el organismo. Esta cifra contrasta con el crecimiento medio de la OCDE, que se sitúa en el 30,8% para el mismo período, once veces superior al español.
El dato en valores absolutos es igualmente llamativo. Desde 1994, un salario medio español en términos reales pasó de 32.157 euros a 33.044 euros en 2024, apenas 887 euros más en tres décadas. En ese mismo período, países europeos como Francia experimentaron subidas del 28%, Alemania del 24% o Portugal del 22%.
¿Qué es el salario real y por qué importa más que el nominal?
El concepto de salario real resulta fundamental para comprender la evolución auténtica del poder adquisitivo. A diferencia del salario nominal, que simplemente refleja la cantidad monetaria que recibe un empleado, el salario real tiene en cuenta el efecto de la inflación. Si un trabajador recibe un aumento salarial del 3% pero la inflación ese mismo año es del 4%, en realidad está experimentando una pérdida de poder adquisitivo del 1%. Esta distinción, técnicamente elemental, rara vez aparece en los debates públicos sobre condiciones laborales.
En 2025, el sueldo medio bruto anual en España era de 33.700 euros, frente a una media europea de 39.800 euros, una diferencia de 6.100 euros al año que no deja de ampliarse según los últimos datos de Eurostat.
La brecha europea: una comparativa
| País | Crecimiento salario real (30 años) | Salario medio anual (2024, euros) |
|---|---|---|
| Irlanda | +66% | 55.591 |
| Francia | +28% | ~42.000 |
| Alemania | +24% | ~46.000 |
| Portugal | +22% | ~28.000 |
| Media OCDE | +30,8% | ~47.000 |
| España | +2,7–6% | 33.044 |
| Italia | +1,7% | ~32.000 |
En 1994, España e Irlanda tenían salarios medios muy similares —apenas 2.000 euros de diferencia—. Hoy, el salario medio irlandés es de 55.591 euros frente a los 33.044 euros españoles. Solo los salarios italianos han evolucionado peor que los españoles en Europa.
Las causas estructurales del estancamiento
Los economistas coinciden en señalar la productividad como el factor central. José Emilio Boscá, investigador de Fedea y catedrático de la Universitat de València, señala que “mientras la productividad crezca poco —y en España ha crecido muy poco en estos 30 años— los salarios reales apenas crecerán”. Para que los sueldos aumenten por encima de los precios de forma sostenida, es necesario que la economía genere más valor por cada hora trabajada.
Detrás del estancamiento hay un problema estructural: la productividad por hora trabajada ha crecido solo un 0,5% anual en los últimos años, frente al 1,2% de media de la OCDE. Sin mejoras sostenidas en productividad, es prácticamente imposible traducir el crecimiento económico en salarios reales más altos.
A ello se suma la composición del tejido productivo. La dependencia de sectores de bajo valor añadido, la temporalidad laboral, la elevada tasa de paro estructural y la baja inversión en innovación son factores que contribuyen a esta parálisis. El crecimiento del empleo no siempre se ha traducido en empleos mejor remunerados, y la presión inflacionaria ha diluido cualquier avance nominal.
El estancamiento también responde a un déficit de inversión privada en sectores estratégicos, al escaso impacto de la digitalización —especialmente entre pymes— y al bajo gasto en I+D. La fragmentación del mercado de capitales en la UE dificulta además el acceso a financiación, lo que obliga a las empresas españolas a depender del crédito bancario, más caro y restrictivo.
Existe además un problema de distribución interna de los incrementos de coste laboral. Para la empresa, el coste laboral total ha crecido al ritmo de la productividad, pero el trabajador solo percibe la parte del salario bruto dividido por el IPC, sin ver los incrementos destinados a cotizaciones sociales y otros componentes que no revierten directamente en su bolsillo.
También hay que señalar el impacto de las dos grandes crisis. La crisis financiera de 2008 y la espiral inflacionaria de 2021-2023 fueron los dos grandes episodios que erosionaron el poder adquisitivo en este siglo. En los años previos a 2023, la remuneración por asalariado creció un 16,9% en términos nominales en España, pero apenas un 1,2% en términos reales. El mejor momento para el poder de compra del trabajador español fue, paradójicamente, el año 2009, justo antes de que la crisis devastara el mercado laboral.
Treinta años de “conciliación” que no funcionaron
El estancamiento salarial descrito no es un fenómeno neutro ni azaroso. Se extiende a través de varios ciclos de gobierno —del PP al PSOE, del bipartidismo a la fragmentación— lo que invita a reflexionar sobre qué decisiones políticas concretas lo han sostenido y cuáles podrían revertirlo.
La reforma laboral de 2012, aprobada por el Gobierno de Rajoy con el argumento de flexibilizar el mercado de trabajo para salir de la crisis, devaluó la negociación colectiva sectorial, facilitó el despido barato y debilitó la capacidad de los sindicatos para vincular convenios a la evolución real de los precios. Sus efectos sobre la distribución salarial fueron duraderos: España tardó más de una década en recuperar los niveles de poder adquisitivo previos a esa reforma.
La reforma laboral de 2021, impulsada por el Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, corrigió algunos de esos elementos —especialmente la prevalencia del convenio sectorial sobre el de empresa— y vino acompañada de subidas históricas del Salario Mínimo Interprofesional, que pasó de 707 euros en 2016 a 1.134 euros en 2024. Sin embargo, los datos de la OCDE recogidos en este artículo ya muestran que estas medidas, siendo positivas en términos distributivos para los salarios más bajos, no han bastado para corregir el estancamiento del salario medio real en el conjunto de la economía. La brecha con Europa no se ha cerrado; en algunos indicadores, se ha ampliado.
El problema político de fondo es que ninguno de los grandes partidos con capacidad de gobierno ha cuestionado el modelo productivo en sí: la apuesta por el turismo de masas, la construcción y los servicios de bajo coste como motores principales de empleo. Ese modelo genera ocupación, sí, pero no genera la productividad que permitiría sostener salarios reales crecientes. Mientras la estructura económica no se diversifique hacia sectores industriales y tecnológicos de mayor valor añadido —lo que requiere inversión pública sostenida, política industrial activa y tiempo—, las subidas salariales nominales seguirán siendo absorbidas por la inflación.
La OCDE recomienda reforzar la negociación colectiva, elevar la inversión en I+D+i, impulsar la reindustrialización y facilitar la inmigración regular para cubrir vacíos productivos. Aunque España crece por consumo público y fondos europeos, ese empuje no está revirtiendo el estancamiento salarial real. Son recomendaciones técnicas que, en el plano político, exigen confrontar intereses consolidados: los del sector turístico, el inmobiliario y los grandes grupos empresariales de servicios, que han construido su rentabilidad precisamente sobre la base de costes laborales contenidos.
El problema central de la transferencia de renta del trabajo al capital
Más allá de los indicadores macroeconómicos, los datos permiten una lectura en términos de distribución de la renta entre trabajo y capital que resulta relevante para entender la magnitud del problema y el papel que corresponde jugar a quienes no se contentan con gestionar este estado de cosas desde las instituciones, como viene ocurriendo con el PSOE, Sumar y asociados de IU y el PCE.
En economía política clásica, el salario no es solo el precio de un factor productivo: es la forma en que la clase trabajadora accede a una parte del valor que ha contribuido a generar. Cuando el PIB crece pero los salarios reales no lo hacen, la pregunta pertinente es a dónde va ese incremento de valor. La respuesta, en el caso español, aparece con relativa claridad en los datos: los márgenes empresariales, las rentas del capital y los beneficios del sector financiero han crecido en el período analizado a un ritmo muy superior al de los salarios reales.
Este fenómeno tiene nombre técnico en la literatura económica: se denomina caída de la participación de los salarios en la renta nacional, o descenso de la wage share. En España, la parte de la renta nacional que va a remuneración de asalariados se redujo de manera notable durante la primera década de los 2000 y, aunque se recuperó parcialmente tras la pandemia, no ha vuelto a los niveles anteriores a la crisis de 2008. El crecimiento extensivo —más empleos, no empleos mejor pagados— es, desde esta perspectiva, una forma de crecimiento que beneficia al capital en mayor medida que al trabajo.
La reforma laboral de 2012 actuó directamente sobre esa distribución al reducir el poder de negociación colectiva. Pero el fenómeno es anterior y más profundo: el modelo de acumulación basado en sectores de baja productividad es estructuralmente compatible con salarios contenidos y beneficios empresariales sostenidos. No se trata de una disfunción del modelo, sino de uno de sus rasgos característicos.
Desde esta perspectiva, la solución no puede reducirse a ajustes técnicos de productividad o inversión en I+D. Requiere también modificar las relaciones de fuerza entre capital y trabajo: fortalecer la organización sindical, recuperar la capacidad del Estado para orientar la inversión hacia sectores estratégicos, vincular obligatoriamente los convenios colectivos a la evolución del IPC real —no proyectado— y avanzar en mecanismos de control democrático sobre las decisiones de inversión y distribución en las grandes empresas.
Las señales de 2025 y 2026 apuntan a una leve mejora: el salario medio crecerá un 3,5% en 2026 según Mercer, y la nueva Directiva europea de transparencia retributiva obligará a las empresas a publicar sus bandas salariales antes de junio de 2026. Sin embargo, los economistas advierten de que sin una apuesta real por la productividad, cualquier subida salarial nominal corre el riesgo de ser absorbida de nuevo por la inflación.
En términos de economía política, esa advertencia puede traducirse de forma más directa: sin un cambio en las relaciones de poder entre quienes poseen el capital y quienes aportan el trabajo, la historia de estos treinta años tiene todas las condiciones para repetirse.

Fuentes
- https://www.infobae.com/espana/2026/04/04/casi-30-anos-para-subir-solo-un-6-el-salario-real-medio-de-espana-apenas-avanza-frente-a-otras-grandes-economias-de-la-ue/
- https://www.eleconomista.es/empleo/noticias/13476856/07/25/espana-e-irlanda-tenian-el-mismo-salario-en-1994-30-anos-despues-los-sueldos-irlandeses-son-un-60-mas-altos-que-los-espanoles.html
- https://www.elblogsalmon.com/economia/grafica-que-define-a-espana-salarios-llevan-30-anos-estancados-subidas-bajadas-para-quedar-practicamente-igual
- https://www.infobae.com/espana/2025/07/30/los-sueldos-suben-pero-el-poder-adquisitivo-no-y-tiene-que-ver-con-que-deberiamos-trabajar-mejor-mientras-la-productividad-crezca-poco-los-salarios-reales-apenas-aumentaran/
- https://www.merca2.es/2026/04/07/drama-poder-espana-2366694/
- https://claude.ai/share/34302ed5-c21e-4e45-b73a-7d6d11d6f9a5

