Como informa comune-info, en los barrios populares portugueses ha ido naciendo, sin mucho ruido, una experiencia llamada Vida Justa, que está cambiando cómo se entiende el activismo y la construcción comunitaria. No es una ONG, ni un partido, ni un grupo de protestas puntuales. Se trata de un colectivo que intenta convertir la calle en un lugar donde se construye día a día una política concreta, una ética práctica y una idea muy clara de qué significa una “vida justa”.
Lo interesante para el activismo es que Vida Justa no se limita a salir a la calle a gritar consignas y luego desaparecer. Parte de la idea de que la política no es solo reacción, sino organización cotidiana: cómo se vive, cómo se cuida, cómo se decide en el barrio. No se trata solo de demostraciones ocasionales, sino de asambleas que se repiten, de redes de apoyo que se mantienen, de conflictos por la vivienda, la deuda o los servicios que se llevan adelante todo el año. Esa continuidad es lo que hace que la calle deje de ser un escenario de gestos y pase a ser un territorio donde se negocia la vida misma.
Una de las cosas más potentes de Vida Justa es la centralidad de la asamblea popular. Allí no solo se planean manifestaciones, sino que se discuten problemas concretos: un desalojo, un recorte de servicios, un caso de violencia, un barrio que se está especulando. En ese espacio, la gente aprende a hablar en común, a escuchar, a tomar decisiones colectivas y a poner límites a la delegación en los partidos o en las instituciones. Para el activismo esto es clave, hay que transformar la protesta en un aprendizaje político, convertir la calle en una escuela informal donde se construye una “inteligencia de barrio” sin depender de expertos profesionales ni de cargos electos.
La noción de “vida justa” que maneja Vida Justa no es abstracta ni moralista. Se habla de vivienda digna, de tiempo libre, de salud mental, de cuidados, de espacios públicos verdaderamente accesibles. No se trata de una lista de derechos escrita en un papel, sino de lo que se vive en los cuerpos, en las familias, en los barrios. Esa mirada conecta muy bien con una lectura marxista de la reproducción social: cuando empiezas a pelear por la vivienda, por los servicios, por el cuidado de las personas, estás tocando directamente la materialidad de la vida de las clases populares. No es “asistencialismo”, es lucha por las condiciones que hacen posible la propia existencia y la propia capacidad de lucha.
Desde una perspectiva feminista y marxista, Vida Justa también pone en el centro la reproducción social y el cuidado, que históricamente han sido invisibilizados como “cuestiones privadas”. En su práctica, las redes de cuidado, la salud mental, la protección frente a la violencia, el trabajo invisible que sostiene la vida cotidiana aparecen como eje de la política, no como un añadido. Esto es algo que se suele subestimar, pensando que la calle es solo el espacio de la demanda, pero Vida Justa muestra que la calle se vuelve inseparable de la casa, de la asamblea, de la red de ayuda. La política se traslada de los discursos a la reparación concreta de tejas, de la defensa de una vivienda, de la organización de un comedor popular.
Un lema que recorre todos los planteamientos de Vida Justa es “el futuro es ahora”. Más que una frase bonita, funciona como una crítica directa a la idea de que el cambio radical siempre está en el horizonte: “ya llegará el comunismo”, “cuando tengamos el poder”, “cuando ganemos las elecciones”. Vida Justa muestra que la construcción comunista puede empezar en el presente, en forma de redes de ayuda mutua, de ocupaciones gestionadas colectivamente, de códigos de responsabilidad compartida, de experiencias de autogestión. Hay que pensar cada acción no solo como un gesto reivindicativo, sino como una prueba de organización: ¿cómo hacemos que esta acción sostenga a las personas que la llevan, que no las queme, que no se quede en un show mediático?
En el contexto de municipios españoles donde se discute la reconstrucción urbana (caso de la DANA, por ejemplo), la protección civil y el derecho a la ciudad, Vida Justa ofrece un espejo incómodo: ¿qué hay de la “vida justa” en nuestros planes? ¿Dónde aparecen la vivienda digna, el cuidado, el tiempo libre, la participación real de las personas afectadas?
La experiencia portuguesa recuerda que el activismo de calle puede dejar de ser un anexo de la política institucional y convertirse en un laboratorio donde se prueba, en concreto, qué significa otra forma de vida social.
