Acaba de publicarse en un medio afín un artículo de Julio Casas que propone “volver a IU”, digamos que como única alternativa posible ante la quiebra actual de la izquierda patria. Se trata de una propuesta, en la que coincide la propia dirección de IU (Maillo plantea en realidad una superación vía Frente amplio) y también la del PCE, pero que adolece, a nuestro juicio, de claras limitaciones discursivas (contradicciones y omisiones argumentales) además de ideológicas.
En efecto, Julio Casas (en adelante JC) propone «volver a Izquierda Unida» (IU) como antídoto a la «disolución» en Sumar, pero idealizando su origen y criticando la actual dirección del Partido Comunista por subordinarse al PSOE. Aunque toca fibras reales de frustración militante, desde una perspectiva crítica estos argumentos -dicho sin la menor acritud- resultan más un lamento nostálgico que una propuesta basada en el rigor de los hechos o en una perspectiva propiamente transformadora de cambio social.
Porque presentar a IU únicamente como un proyecto «coherente» nacido del «NO a la OTAN» y del PCE como «corazón de clase», implica omitir que esa misma IU, desde los 90, es la que pactó con el PSOE en muchas autonomías y municipios; aceptó el euro y la UE sin rupturas; y se fue diluyendo en multitud de confluencias (como Unidas Podemos en el estado).
Si Sumar ahora supone «adaptación» al PSOE ¿qué fue de la pinza PSOE-IU en Valencia (Botánic) hasta hace pocos años, o en Andalucía? Al criticar la «subordinación» actual de IU, nuestro camarada JC ignora que se trata de la continuación de una estrategia histórica enfocada a la gestión institucional pura y simple, a mantenerse en las instituciones como prioridad absoluta. Una gestión que, como muestra sobradamente la experiencia, ha servido de bastante poco para mejorar sustantivamente las condiciones de vida de la población trabajadora.
Del mismo modo, JC alude al “conflicto” como la virtud subversiva de IU, pero silencia que bajo su paraguas se gestionaron políticas antisociales (como en los gobiernos autonómicos con recortes post-2008) y se viene aceptando la OTAN como «hecho natural», desde hace décadas. Acusar a Sumar de no confrontar con las eléctricas o de la precariedad social choca con que IU, en los gobiernos de coalición, también hizo lo mismo, sin nacionalizar sectores clave ni intervenir más abiertamente sobre la economía.
Del mismo modo, la propuesta planteada de «acabar con Sumar» por simple «sentido común», pero admitiendo que IU debe estar «abierta a alianzas desde la igualdad» sigue chocando con la misma piedra: ¿cómo se puede IU aliar sin disolverse, cuando la historia muestra que sus confluencias siempre implican cesiones de todo tipo?
Piénsese por ejemplo en el rol de IU en la coalición PSOE-UP (2020-2023): reforma laboral pactada con sindicatos, mantenimiento de la OTAN pese a la invasión de Ucrania, vivienda sin expropiaciones masivas, y apoyo a fondos europeos que profundizaron la dependencia y los recortes. Si Sumar «no ha frenado a la derecha», ¿qué hizo IU en los ministerios?
E igualmente hay que recordar y subrayar que IU nunca impulsó un programa anti-UE real, aceptando en cambio el rearme europeo y las sanciones por recortes presupuestarios. Esto, sin embargo, es el meollo de la política para 2026 y 2027: escalada de la OTAN en Ucrania, genocidio en Gaza y rearme de la UE bajo presión de Trump.
En definitiva, la opción de «Volver a IU» más parece un reformismo nostálgico que una alternativa. Porque propone recuperar una sigla sin cuestionar la línea eurocomunista seguida de adaptación al capitalismo europeo.
La alternativa, pues, sigue siendo conformar organizaciones y alianzas con una línea clara de cambio social e identidad de clase. Desde esa perspectiva, IU podría ser eje si rompe con su tradición liquidacionista y se subordina a este frente, pero fetichizarla es repetir errores.
La izquierda puede morir por renunciar al poder real de impulsar políticas de clase, no solo por unas u otras siglas.

