El malmenorismo y sus alternativas desde la izquierda.

Imagen por IA que muestra flechas en disyuntiva hacia la izquierda o la derecha.

Hoy, buena parte de la izquierda española que pretendió erigirse en alternativa al PSOE ha terminado sirviendo, como señala Insurgente.org en una nota reciente, como principal apoyo y valedor del gobierno social liberal de Pedro Sánchez. El PSOE se presenta como garante de “democracia y bienestar”, pero su política ampara sin cuestionar el giro social y económico que ha permitido el crecimiento del malestar social, acicate de la subida electoral de la derecha. Un ascenso espoleado por los recortes disfrazados de reformas de los “progresistas”, impuestos siguiendo el mandato de la UE y los poderes económicos.

Y Sumar, por su parte, siempre respaldada por las direcciones de IU y del PCE, aparece en el mejor de los casos como un paraguas bipolar. Por un lado, de cara a la galería manifiesta cierta contestación ante las políticas del Gobierno; por el otro, actúa como leal socio de ese mismo gobierno y participa en la gestión de las decisiones que recortan derechos, perpetúan la precariedad y blindan la lógica del capital.

Luego de dos legislaturas de coalición en estas condiciones, la orientación que siguen una gran parte de quienes rigen los destinos de las organizaciones de izquierda no es ya “cómo transformar el sistema”, como se decía antes bajo la consigna de «programa, programa», sino, en definitiva, de cómo rebañar algunos escaños en las instituciones para, seguidamente, mejor asegurar al PSOE la permanencia en el poder.

Sin duda —exponen hasta el hartazgo estos dirigentes—, siempre es preferible el mal menor de pactar con los socialistas que el mal mayor que supondría la eventual llegada al poder del “fascismo” o de la extrema derecha, como si esa opción existiera realmente en nuestro país, cosa que no sucede. Así es como pretenden justificar el apoyo a un gobierno de coalición cuyo programa social y económico está plenamente alineado con las directrices de la UE del capital y la guerra, como se decía cuando Maastricht.

Lo que los hechos han mostrado antes y siguen mostrando ahora es que Sumar, y seguramente quienes le sucedan en el futuro bajo el paraguas de unidad electoral de la izquierda, ha intentado con poco éxito mantenerse manteniendo unos discursos feministas, antioligárquicos y ecosocialistas que siempre evitaron romper con las cláusulas fijadas de defender las instituciones y de no agresión al PSOE. Por eso mismo es por lo que la presencia en el gobierno no ha servido para empujar una agenda de ruptura. Al contrario, han servido para defender las instituciones de la monarquía heredada del franquismo y para reconfigurar una izquierda camaleón: cuando el PSOE se intoxica, Sumar ejerce de paño caliente; cuando es Sumar la que pincha, el PSOE la mantiene como socio discreto al final de la cola.

Necesidad de alternativa

Para romper con esta lógica y sus nefastas consecuencias para la población trabajadora y para las propias organizaciones de izquierda, hay que plantearse, primeramente, alternativas que no dependan de la bendición del PSOE ni de quienes mueven los hilos alrededor de Sumar (IU y PCE) buscando los réditos electorales de siempre.

Una de ellas, básica, sería articular plataformas, comités, coordinadoras, etc., que se constituyan política y organizativamente al margen de las instituciones, pero dentro de la lucha social y el territorio. Como ya ocurrió en el pasado, los colectivos vecinales y de vivienda, plataformas de servicios públicos, redes asociativas. Comisiones obreras o comités de huelga sectoriales pueden funcionar como espacios de poder real, donde se toman decisiones realmente democráticas sobre movilizaciones, conflictos, apoyos mutuos y estrategias de cambio social.

En cambio, pensar que bastará con quitar de la dirección a los actuales para recuperar las organizaciones de la izquierda alternativa puede resultar peor que una ilusión; podría suponer más de lo mismo.

En definitiva, la táctica no puede ser la de esforzarse para apoyar al PSOE en cada ocasión, sino que buena parte de la izquierda se haya convertido en proveedora regular de votos para un proyecto que no solo no defiende la república ni lucha por transformar el capitalismo, sino que se aferra a la arquitectura neoliberal de la UE. Unidas Podemos y luego Sumar se han situado como los socios perfectos para esa lógica de dar color progresista a unos gobiernos que no lo son a cambio de unos pocos gestos y sillones, sin exigir un cambio de rumbo económico y políticas claras favorables a la población trabajadora de quien se declaran tributarios.

Romper con eso no pasa por entregarse al espontaneísmo (solo el pueblo salva al pueblo) o al izquierdismo, sino por plantear una estrategia política y una organización que sitúen la lucha en la calle, los territorios y lugares de trabajo o estudio, y que usen el espacio institucional como un frente más, no como el único.

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