TOKA, el piquete digital que organiza el 11 N desde los barrios.

Logotipo de Toka con fondo de una manifestación masiva

Una aplicación de los sindicatos de inquilinas coordina cientos de comités territoriales. Su éxito dice mucho de la fuerza del movimiento por la vivienda, y también de lo que todavía falta para que el paro sea real.

Faltan pocos días para la huelga general del 11 de noviembre y empieza a verse que el paro no va a jugarse solo en las empresas. La jornada de 24 horas, convocada por CCOO, UGT, la Confederación de Sindicatos de Inquilinas y la CGT, entre otras organizaciones, se celebrará el miércoles, apenas dieciocho días antes de las elecciones generales del 29 de noviembre. Será además la primera huelga general respaldada conjuntamente por CCOO y UGT en catorce años. Pero una parte decisiva de la movilización se está construyendo en los barrios y los pueblos, y lo hace con una herramienta que merece atención.

Qué es TOKA y para qué sirve

Toka es una plataforma, disponible como web y en proceso de convertirse en aplicación móvil, que puso en marcha la Confederación de Sindicatos de Inquilinas para consultar e inscribirse en tiempo real en las actividades de los comités de huelga de todo el Estado. Cualquier persona puede registrarse con un correo electrónico y el código postal de la zona donde quiere actuar. A partir de ahí la herramienta indica cuál es el comité más cercano, cuándo celebra su próxima asamblea, qué acciones están convocadas y si hacen falta voluntarias para llevarlas a cabo.

Según el recuento que recogía Diari La Veu el 5 de noviembre, a escala estatal había ya 8.529 personas y 291 comités inscritos, con 1.869 convocatorias registradas, y las cifras seguían creciendo. En València ciudad se han organizado al menos 16 comités locales, y los hay desde Torrevieja y Orihuela hasta Vinaròs y Benicarló. Reparten panfletos, pegan carteles, cuelgan pancartas y organizan charlas, mítines y actos culturales. La propia campaña se ha puesto como meta constituir 1.000 comités territoriales y sumar a 25.000 personas. Lo que significa que aun queda mucho por hacer.

De la fábrica al barrio, y vuelta

La huelga clásica detiene la producción en el centro de trabajo, que es donde el trabajo asalariado produce valor y donde la patronal siente el golpe. La crisis de la vivienda opera en otro terreno. El alquiler y la hipoteca recortan el salario después de cobrarlo, en la esfera de la reproducción, y por eso el movimiento resume su planteamiento diciendo que el casero y el patrón aprietan por los dos lados. Los comités territoriales son la traducción organizativa de esa idea. Reúnen a quien tiene un convenio y a quien no, a personas en paro, jubiladas, estudiantes y trabajadoras de plantillas muy fragmentadas que no tienen un comité de empresa al que acudir.

No parten de cero. El movimiento por la vivienda lleva años organizándose en lo local para frenar desahucios y exigir una ley de vivienda como corresponde. La manifestación del 3 de octubre en València, convocada por el Sindicat de Llogateres, el Sindicat d’Habitatge, la PAH y Entrebarris, ya llamó a crear comités de huelga y asambleas en los centros de trabajo y de estudio. Lo mismo que ocurre en otros territorios. En Cataluña se hablaba de unos sesenta comités y el Sindicat de Llogateres sostiene que la huelga no empieza el 11 de noviembre sino que ya ha empezado. En Madrid, la mesa sindical que reúne al Sindicato de Inquilinas, CGT, CNT y otros había creado 122 comités y mapeado 232 acciones con una aplicación propia, mientras que en Zaragoza los cinco comités de barrio desplegaban mesas informativas. En Euskal Herria, ELA, LAB y ESK se sumaron a la convocatoria.

La batalla del relato se está ganando, ahora falta que la movilización le acompañe el miércoles 11 y siguientes.

Las limitaciones de una convocatoria

Desde la izquierda sindical y el tejido alternativo se insiste en que lo decisivo es extender asambleas y comités a las empresas y a los centros de estudio, y no solo contar los que se constituyen en el territorio.

La resistencia patronal e institucional también se hace notar. UGT denuncia, en una información del mismo diario, que los servicios mínimos fijados para À Punt superan el 50% en categorías vinculadas a los informativos y que la empresa se niega a reducir la programación[1]. Un servicio mínimo abusivo es la forma legal que adopta el intento de vaciar un paro, y los comités de barrio, con su presencia en las puertas de los centros, pueden ser una respuesta útil.

Hay dos cuestiones más que merecen discusión abierta. La primera es la dependencia de una plataforma única para coordinar a miles de personas, con los datos de contacto que eso implica, algo que obliga a cuidar la protección de datos y a mantener canales propios de los comités. La segunda es el calendario. Una huelga a dieciocho días de unas elecciones corre el riesgo de leerse como un episodio de presión electoral, y la prueba de fondo será ver qué queda organizado el 12 de noviembre.

Queda bastante por  hacer

Lo primero es registrarse en Toka con el código postal del barrio o pueblo, localizar el comité más próximo y acudir a su siguiente asamblea. Si no existe ninguno cerca, la campaña ofrece ayuda para constituirlo. Quien trabaje por cuenta ajena puede hablar con su comité de empresa o con su sindicato, porque el preaviso lo registran las organizaciones convocantes y la huelga es un derecho constitucional. Conviene confirmar con el sindicato las condiciones concretas de cada sector, y también la cobertura de quienes trabajan por turnos.

Para quienes no pueden permitirse perder el jornal, el apoyo mutuo es parte de la organización. Una caja de resistencia local, el reparto de tareas en los piquetes informativos y la presencia en las puertas de los centros reducen el coste individual de parar. Y para quienes llevamos un medio o una web, la tarea es dar a conocer el enlace, explicar dónde está el comité de cada zona y no limitarnos a informar de la convocatoria. Lo que se organice ahora tiene que poder sobrevivir al miércoles. Los comités que nazcan para el 11N pueden convertirse en asambleas permanentes de vivienda y de trabajo, con capacidad para frenar un desahucio, negociar con un casero y presionar a una patronal.

Ahí está la diferencia fundamental entre una jornada de protesta y una organización de clase.

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