Palantir y la «República Tecnológica» quieren declarar la guerra total.

Foto de archivo de Alexander Karp y su libro

Como veremos seguidamente, el manifiesto de 22 puntos del CEO Alexander Karp de Palantir está despertando una justa alarma social y política porque refleja sin ambages lo que podemos considerar la hoja de ruta de una oligarquía que pretende convertir la inteligencia artificial en el arma definitiva del imperialismo del siglo XXI.

Palantir Technologies acaba de publicar un manifiesto de 22 puntos firmado por su consejero delegado, Alexander Karp, para promocionar su libro La República Tecnológica. El documento ha sacudido la opinión informada porque, en lugar de las habituales ambigüedades del sector, expresa sin rodeos las intenciones de una fracción de la élite tecnológica, que propone subordinar toda la industria digital al complejo militar-industrial y a la hegemonía occidental.

Para entender el alcance de lo que propone Karp, hay que partir de que Palantir es una empresa especializada en análisis de datos masivos para gobiernos, agencias de inteligencia y ejércitos. Sus contratos más conocidos incluyen a la CIA, el Pentágono, la policía de inmigración estadounidense (ICE) y varios ejércitos europeos. Esta empresa es, desde su fundación, una compañía que vende vigilancia y guerra. Fue fundada en 2003 por Peter Thiel, Alex Karp y otros socios con financiación inicial de la CIA. Su nombre proviene de las bolas de visión del Señor de los Anillos. En 2020 salió a bolsa con una valoración de 22.000 millones de dólares, lo que revela su indudable peso y capacidad.

La subordinación del capital digital al poder bélico

El núcleo del manifiesto es una andanada contra el propio Silicon Valley. Karp y los suyos califican despectivamente a la industria tecnológica de estar atrapada en una «tiranía de las aplicaciones», obsesionada con vender suscripciones de música y aplicaciones de reparto de comida en lugar de contribuir a lo que ellos llaman «poder duro». El talento de ingeniería, argumentan, tiene que dejar de desarrollar software orientado al consumidor para consagrarse a la fabricación de armas con inteligencia artificial, sistemas de vigilancia estatal y capacidades de guerra geopolítica.

A su juicio, pues, debe producirse una abdicación de la autonomía corporativa en favor de una simbiosis total con los intereses estratégicos del Estado. El argumento es que la prosperidad económica de Occidente es insostenible sin garantizar primero la hegemonía militar. Primero las armas, luego el bienestar. Una inversión de prioridades que convierte el liberalismo tecnológico en papel mojado.

«La prosperidad económica es insostenible sin la garantía de la hegemonía militar.» Así de claro lo dice el manifiesto. Silicon Valley al servicio del Pentágono, no al revés.

Del tecnofeudalismo al autoritarismo tecnológico

Hace años que autores como Yanis Varoufakis acuñaron el término «tecnofeudalismo» para describir un sistema donde los grandes monopolios digitales extraen riqueza de usuarios convertidos en siervos de las plataformas. Amazon, Google, Meta actúan como señores feudales que cobran peaje a todo el que quiera producir o consumir en sus dominios. Era una descripción certera de cómo el capital digital ha reorganizado la economía.

Pero el manifiesto de Palantir va más lejos y más adentro. Ya no se trata de extraer renta de los datos. Se trata de movilizar directamente la infraestructura digital para el control social, la vigilancia preventiva y la represión geopolítica. La diferencia entre tecnofeudalismo y lo que propone Karp es la diferencia entre un cobrador de peajes y un guardia armado: uno te roba dinero, el otro te apunta con un fusil.

El documento ignora deliberadamente las condiciones de los trabajadores. No hay una sola mención a salarios, derechos laborales o condiciones de empleo. En cambio, abunda en una jerarquía civilizatoria que justifica la imposición de «valores occidentales» por la fuerza, un darwinismo social de manual donde quienes tienen la tecnología tienen el derecho de decidir cómo vive el resto del mundo. La democracia y los derechos laborales aparecen, en esta lógica, como obstáculos para la administración eficiente del poder.

Una lectura de clase: el capital monopolista muestra su alma

Desde una perspectiva marxista, lo que describe el manifiesto de Palantir no es una ruptura con las leyes del capitalismo sino su profundización más reaccionaria. La tesis de que «la tecnología es el nuevo poder duro» es un fetichismo que oculta la realidad de la lucha de clases detrás de una narrativa de necesidades técnicas inevitables: no tenemos elección, el mundo es así, o somos los que mandan o nos mandan a nosotros.

La alianza entre las grandes corporaciones tecnológicas y el poder político más agresivo es la manifestación contemporánea del capital monopolista buscando proteger sus activos y su tasa de beneficio en un mundo multipolar en disputa. Cuando el sistema pierde legitimidad, cuando ya no puede convencer, recurre a la coerción. Lo que el manifiesto de Karp hace visible es que una fracción de la burguesía tecnológica ha decidido que ya no necesita el barniz liberal. Puede abandonar la retórica de la innovación abierta, la meritocracia y el mundo mejor conectado para abrazar sin complejos el control autoritario.

La vigilancia masiva como instrumento de control y supeditación

Lo que hace especialmente peligroso el proyecto de Palantir es que la vigilancia masiva y la inteligencia artificial no son para ellos herramientas neutras. Son los instrumentos fundamentales para preservar la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad. Las mismas tecnologías que se venden como «seguridad» en los países centrales se despliegan para reprimir movimientos de liberación en los países del Sur global, a menudo bajo el disfraz de «ayuda humanitaria» o «cooperación en seguridad».

El rastro de Palantir en conflictos recientes, desde la guerra de Gaza hasta la persecución de migrantes en la frontera con México, muestra que el «poder duro» del que habla Karp tiene un impacto muy concreto y muy mortal sobre poblaciones reales. El manifiesto convierte en doctrina lo que hasta ahora era práctica encubierta.

Organizar la resistencia: sindicalismo tecnológico y frentes antifascistas

Frente a este proyecto, la resistencia no puede limitarse a la denuncia moral ni a escritos testimoniales. La integración total entre infraestructura digital y aparato de guerra que propone Palantir requiere una respuesta que opere en estos mismos niveles de concreción.

La primera tarea es la organización en la base de la cadena de producción: sindicalizar a los trabajadores tecnológicos no solo por reivindicaciones salariales, sino por la ética de su trabajo. Los programadores, ingenieros y analistas de datos que construyen estos sistemas tienen el poder de convertirse en el eslabón débil del capital. Quienes crean el «sistema de armas» pueden también paralizarlo. El reciente movimiento de trabajadores de Google que se opusieron al Proyecto Maven —el contrato de IA militar— o las protestas internas en Amazon por su relación con el ICE muestran que esta posibilidad no es teórica. Existe y puede organizarse.

A nivel institucional, la estrategia pasa por presionar a los gobiernos y administraciones públicas para que corten sus contratos con Palantir, exponiendo públicamente sus vínculos con el complejo militar-industrial. Los contratos de Palantir con instituciones europeas —incluidas varias agencias de la UE— deben ser sometidos a escrutinio democrático. No puede ser que la ciudadanía financie con impuestos herramientas de vigilancia cuya arquitectura y uso final son opacos.

Finalmente, la acción directa, el boicot y las campañas de desinversión son herramientas que, combinadas con la movilización popular y la denuncia ante organismos internacionales, buscan aislar a la empresa del consenso social. Exponer a sus ejecutivos ante instancias de derechos humanos no es un gesto simbólico: es parte de un proceso de rendición de cuentas que el propio sistema raramente activa por iniciativa propia.

Referencias:

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