El capitalismo digital y la tecnología para transformar la sociedad.

Composición por IA de principales magnates tecnológicos

La expansión de la inteligencia artificial, el big data y las grandes plataformas digitales ha abierto una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo. Ya no se trata únicamente de una transformación tecnológica, sino de un cambio profundo en la forma en que se organiza la producción, se controla la información y se configura la opinión pública. En este contexto, el escritor y analista kurdo-iraquí Rezgar Akrawi sostiene que la izquierda afronta uno de los mayores desafíos estratégicos de su historia, el de comprender que el espacio digital constituye también un terreno de la lucha de clases.

En efecto, el capitalismo contemporáneo ha incorporado una nueva dimensión de poder basada en los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial que no cabe ignorar. Las grandes corporaciones tecnológicas concentran una capacidad sin precedentes para influir en el comportamiento social, orientar el consumo, condicionar el acceso a la información e incluso intervenir en los procesos democráticos o electorales. La infraestructura digital se ha convertido, pues, en un recurso estratégico comparable a las grandes industrias del siglo XX.

Sin embargo, el problema no reside en la tecnología como tal, sino en las relaciones de propiedad que determinan quién la desarrolla, quién controla sus infraestructuras y con qué objetivos se utiliza. Por tanto, la llamada inteligencia artificial no constituye un enemigo sino un instrumento cuyo impacto depende del modelo económico y político que la gobierne.

La Inteligencia Artificial

Tanto el socialismo (definido por Lenin como “sóviets + electricidad”) como el capitalismo han utilizado históricamente la innovación científica para desarrollar las fuerzas productivas e incluso superar sus propias crisis. Tras el colapso financiero de 2008, por ejemplo, el capitalismo recurrió a una fuerte intervención pública para estabilizar el sistema financiero sin alterar sus fundamentos, y durante la pandemia de COVID-19 aceleró la digitalización, el teletrabajo y la automatización, reforzando al mismo tiempo el poder de las grandes empresas tecnológicas.

El auge de la inteligencia artificial generativa desde 2023 representa, pues, una nueva fase de reorganización del mercado laboral y de concentración del poder económico.

Frente a este escenario, llama la atención el retraso tecnológico de buena parte de las organizaciones progresistas. Mientras las grandes empresas invierten miles de millones en inteligencia artificial, análisis de datos y plataformas digitales, hay plataformas y movimientos sociales que continúan utilizando modelos organizativos y comunicativos propios de anteriores épocas. Esto supone una creciente desventaja en un terreno donde hoy se libra una parte importante de la disputa política y cultural.

Ciertamente, la tecnología no puede sustituir la organización colectiva, la militancia ni el trabajo de base, pues la transformación social sigue dependiendo de la acción consciente de las personas organizadas. Sin embargo, si puede facilitar el análisis de información, mejorar la comunicación o apoyar la planificación. Por eso la necesidad de construir alternativas digitales desde una perspectiva independiente, democrática y cooperativa.

Soberanía tecnológica

En lugar de limitarse a denunciar el monopolio de las grandes plataformas, la izquierda debe impulsar proyectos tecnológicos propios, modelos de inteligencia artificial de código abierto, cooperativas digitales, infraestructuras comunitarias y sistemas de gestión de datos sometidos al control democrático. El objetivo no es únicamente disponer de herramientas diferentes, también cuestionar el modelo de propiedad que sustenta el capitalismo digital.

La dependencia de unas pocas multinacionales para acceder a servicios esenciales de comunicación, almacenamiento, inteligencia artificial o computación en la nube plantea interrogantes sobre la autonomía de los Estados, la protección de los derechos fundamentales y la capacidad de las sociedades para decidir el uso de sus propios datos. Cuestiones que van más allá de cómo regular la inteligencia artificial y que incluye, principalmente, a quién la desarrolla, quién posee las infraestructuras digitales y qué intereses orientan su evolución.

La transformación tecnológica no se detendrá. La pregunta es si continuará reforzando la concentración del poder económico y político en manos de unas pocas corporaciones o si podremos desarrollar modelos alternativos que combinen innovación, control democrático y justicia social. Para la izquierda, comprender esta nueva realidad puede ser una condición necesaria para mantener capacidad de influencia en un mundo donde buena parte del conflicto político se desarrolla ya en el terreno digital.

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