La Rete dei Comunisti italiana ha publicado un documento preparatorio de debate para el Foro sobre Imperialismo convocado los días 9 y 10 de mayo de 2026 en Roma. El texto se propone ir más allá de la descripción empírica de los conflictos actuales para ofrecer una lectura estructural del momento histórico desde el marxismo-leninismo. Su punto de partida es la aceleración del desorden mundial en torno a la segunda presidencia de Trump y sus consecuencias sobre el bloque euroatlántico.
El foro busca, en palabras del propio documento, poner la discusión «al servicio de la indispensable discusión colectiva que hoy convoca a todas las fuerzas comunistas, de clase y democráticas frente a la crisis de un modo de producción que está creando los presupuestos para su propia superación». A continuación, incluimos observaciones y propuestas que pueden servir como otra forma más de contribuir a la cuestión esencial del imperialismo en nuestros días.
Tesis centrales del documento de Rete dei Comunisti
El argumento de fondo es que el capitalismo mundial ha completado su ciclo de mundialización globalista —la fase llamada neoliberal— y ha entrado en una nueva fase que el documento denomina «predatoria». Si durante la globalización el imperialismo estadounidense actuó como garante de un crecimiento general —desigual pero compartido— dentro del bloque imperialista dominante, hoy ese mecanismo se habría roto de forma estructural. La crisis de rentabilidad, la saturación del mercado mundial, el aumento de la composición orgánica del capital, el agotamiento de la palanca financiera y la compresión salarial a escala global habrían confluido para hacer imposible una nueva fase de acumulación «normal».
El documento sitúa la derrota estratégica de Washington no en el terreno militar sino en el económico y político: el fracaso en Afganistán, la incapacidad de romper el eje euroasiático según la doctrina de Brzezinski —que desde los noventa propugnaba separar a Europa de Rusia para controlar el continente— y la emergencia de China como competidor sistémico han erosionado la hegemonía estadounidense sin destruir su dominación. En ese contexto, Trump representaría la «fenomenología pura» de la sed de lucro del capital en declive: ya no la potencia que hace crecer a sus aliados, sino la que los expropia mediante aranceles y presión financiera.
«En el espacio de dos décadas hemos pasado del impetuoso crecimiento neoliberal a políticas de pura rapiña dirigidas no solo hacia los países del Sur global, como siempre se ha hecho, sino a costa de países también capitalistas o imperialistas, véase la política de aranceles.»
El documento recurre a la categoría de David Harvey —la «acumulación por desposesión»— para nombrar esta nueva fase, caracterizada porque las formas predatorias similares a las de la acumulación primitiva ya no abren perspectivas de crecimiento como ocurrió históricamente con el colonialismo, sino que son síntoma de crisis de perspectiva. La guerra, en esta lectura, no es ya un instrumento subordinado a la expansión capitalista sino la expresión directa de sus límites.
A partir de ahí, el texto desplaza el análisis hacia la contradicción interna del bloque euroatlántico: la fractura entre EE. UU. y la UE, que generará efectos financieros, económicos, sociales y políticos de primer orden. La pregunta que articula el Foro es precisamente qué consecuencias tiene todo esto para la recomposición del movimiento de clase y comunista en una Europa «cada vez más reaccionaria y belicista».
Valoración desde el marxismo-leninismo
El mérito principal del documento es su rechazo explícito del análisis geopolítico sin categorías de clase. En un panorama en el que la izquierda europea se ha rendido ampliamente al mapa mental del «orden liberal» versus el «autoritarismo», la Rete dei Comunisti insiste en que la clave interpretativa es la dinámica interna del modo de producción capitalista: la caída tendencial de la tasa de ganancia, la sobreacumulación, la saturación de los mercados.
Este punto de partida es rigurosa y honestamente leninista. Lenin advirtió en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916) que las guerras imperialistas no son aberraciones, sino consecuencias necesarias de la fase monopolista del capitalismo, donde el capital financiero domina y la exportación de capital desplaza a la exportación de mercancías. El documento recoge este hilo y lo proyecta sobre la actualidad.
También es correcto señalar que los EE.UU. han transitado de la hegemonía a la mera dominación. La distinción gramsciana entre ambos conceptos —que el documento usa implícitamente— es analíticamente precisa: la hegemonía implica liderazgo con consenso, la dominación es coerción sin consentimiento estable. El declive hegemónico sin alternativa sistémica consolidada es, efectivamente, la condición que produce mayor inestabilidad estructural.
Puntos discutibles
Sin embargo, por otra parte, el documento arrastra varias tensiones teóricas que conviene apuntar. La primera y más importante afecta a la adopción —aunque sea parcial y con matices— de la categoría de Harvey. El concepto de «acumulación por desposesión» es, en rigor, una actualización de la «acumulación originaria» marxiana que Harvey aplica de forma continua al capitalismo contemporáneo. El problema es que, en Lenin, el imperialismo no se define por la desposesión directa sino por la exportación de capital, el reparto del mundo entre los monopolios y el parasitismo de las burguesías metropolitanas que viven de la renta financiera.
La «predación» que el documento describe puede ser coherente con el análisis leninista, pero no necesita la cobertura teórica de Harvey para articularse: está ya en Lenin cuando habla del imperialismo como capitalismo en descomposición y agonizante, capaz de retardar artificialmente el colapso mediante la guerra y la superexplotación colonial.
Usar a Harvey —un pensador que se mueve en la tradición del marxismo heterodoxo y que en su teoría de la acumulación por desposesión sustituye en parte la contradicción capital-trabajo por la contradicción centro-periferia— introduce un desplazamiento que el propio documento parece no advertir.
Harvey ha sido, por lo demás, criticado desde posiciones marxistas ortodoxas precisamente por difuminar la centralidad de la explotación del trabajo vivo como fuente de plusvalor, en favor de mecanismos de transferencia que operan fuera del proceso productivo inmediato.
«El imperialismo es el capitalismo en la etapa de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio del globo terráqueo entre los países capitalistas más importantes.» — V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916.
Una segunda tensión atañe a la conceptualización de la UE. El documento la sitúa como sujeto imperialista diferenciado en competencia con EEUU, lo cual es parcialmente correcto pero insuficiente. La UE no es un Estado imperial unificado sino una formación político-económica contradictoria en la que coexisten burguesías nacionales con intereses divergentes —la alemana y la francesa, por ejemplo, con estrategias de acumulación incompatibles en coyunturas de crisis—. Tratar la fractura EE.UU.-UE como una contradicción entre sujetos imperialistas equivalentes puede llevar a la izquierda a subestimar el carácter orgánicamente subordinado de las burguesías europeas respecto al capital transnacional y al papel del dólar como moneda de reserva imperial.
La tercera cuestión, más política que teórica, es la ausencia en el documento de una teoría del sujeto de transformación. La Rete dei Comunisti anuncia que el Foro abordará «la reanudación del movimiento de clase y comunista», pero el documento de convocatoria apenas esboza en qué condiciones y con qué base social podría producirse esa recomposición. La degradación de los salarios reales que el texto menciona —tanto del trabajo manual como del trabajo mental subordinado— es precisamente el terreno objetivo sobre el que debería construirse la respuesta política. Pero no basta con enunciarla: la pregunta es cómo traducir el análisis del declive imperialista en programa y organización.
El marco leninista como alternativa
Desde la perspectiva leninista, la fase actual no es tanto una ruptura cualitativa del imperialismo como su profundización en las condiciones de la crisis general. Lenin ya anticipó que el imperialismo en declive recurriría a formas cada vez más parasitarias y violentas sin que eso significara necesariamente su colapso inmediato: el capitalismo puede prolongar su agonía durante décadas, y la ausencia de un partido comunista con arraigo de masas y una Internacional capaz de coordinar la resistencia ha sido el factor decisivo que ha permitido esa prolongación desde 1989.
El documento tiene el mérito de no caer en el economicismo catastrofista que espera que la crisis sola produzca la transformación revolucionaria. Pero tampoco resuelve la contradicción entre el rigor del análisis estructural y la debilidad objetiva de las fuerzas que deberían actuar sobre él. Esa contradicción no es un error del documento: es la contradicción real del comunismo europeo en 2026. Nombrarla con honestidad, como hace la Rete dei Comunisti al convocar un foro de discusión en lugar de emitir una línea preconstituida, es ya un gesto políticamente saludable.
La cuestión central que queda abierta —y que el Foro del 9-10 de mayo debería abordar sin eludir— es si la categoría de «imperialismo predatorio» describe una fase históricamente nueva o simplemente la forma más desnuda del imperialismo de siempre cuando pierde la capacidad de ofrecer concesiones a sus socios y subalternos. Lenin diría, probablemente, que es lo segundo. Y que la tarea política sigue siendo la misma: construir la unidad internacional de la clase trabajadora frente a un capitalismo que, precisamente porque no puede crecer compartiendo, solo puede mantenerse destruyendo.
