La guerra del siglo XXI no se libra solo en trincheras ni en tableros de sanciones económicas. Su campo de batalla más estratégico es la mente humana: la capacidad de los pueblos para interpretar la realidad, sentirla y actuar en consecuencia. Antonio García, primer comandante del ELN, ofrece un análisis riguroso de cómo la guerra cognitiva ha dejado de ser metáfora para convertirse en doctrina.
Del territorio al pensamiento: una nueva fase colonial
La guerra, tal como fue concebida en los marcos clásicos de la confrontación interestatal, ha dejado de ser exclusivamente una disputa por territorios, recursos o posiciones estratégicas visibles. En el siglo XXI, el campo de batalla también ha ocupado una dimensión más profunda y menos perceptible: la mente humana. Hoy, parte de la contienda central se libra en torno a la capacidad de las sociedades para interpretar la realidad, sentirla y actuar en consecuencia.
Este fenómeno puede comprenderse como una nueva fase de la colonialidad, ahora dirigida no solo al control de cuerpos y territorios, sino al dominio del pensar de los pueblos. Se trata de un tipo de poder que no depende exclusivamente de la coerción directa, sino que opera mediante la modulación de la conciencia, utilizando infraestructuras tecnológicas y dispositivos comunicativos para producir consensos, desactivar resistencias y fragmentar el tejido social.
«La eficacia de esta estrategia radica en su carácter silencioso: no se impone de manera explícita, se infiltra; no se declara formalmente, se naturaliza.»— ANTONIO GARCÍA, ELN
Doctrina militar, no accidente histórico
La guerra cognitiva no ha emergido espontáneamente. Ha sido incorporada de forma progresiva como componente doctrinal en los escenarios militares estratégicos contemporáneos, particularmente en estructuras como la OTAN y en los desarrollos conceptuales vinculados al aparato de defensa de Estados Unidos. En estos marcos se reconoce explícitamente que el dominio del entorno informacional y cognitivo es clave para alcanzar lo que se denomina «ventaja estratégica»: la capacidad de imponer marcos de interpretación de la realidad antes de que se produzca cualquier confrontación material.
En la llamada «guerra híbrida» y especialmente en la guerra contrainsurgente, esta dimensión adquiere un peso decisivo. La mentira abierta pretende ocupar el lugar de los conceptos interpretativos. El objetivo último es una forma de «victoria sin combate»: la neutralización de la capacidad de decisión colectiva antes incluso de que esta se exprese.
Arquitectura de poder: algoritmos, emociones y plataformas
El proceso se sostiene en una arquitectura de poder digital altamente concentrada. Grandes corporaciones tecnológicas, en estrecha relación con centros de poder geopolítico, configuran los entornos informativos en los que circulan ideas, emociones y discursos públicos. En estos espacios, los algoritmos no son neutrales: priorizan contenidos, amplifican ciertas narrativas y relegan otras, produciendo un campo de visibilidad profundamente desigual.
Uno de los mecanismos más efectivos es la saturación informativa acompañada de una intensificación emocional. La exposición constante a contenidos diseñados para activar miedo, indignación o ansiedad reduce la capacidad de análisis crítico y favorece respuestas inmediatas, muchas veces desvinculadas de procesos reflexivos más amplios. Así, la emocionalidad se convierte en un canal privilegiado para la influencia y el condicionamiento social.
| Mecanismo | Operación | Efecto social |
| Filtrado algorítmico | Priorización y ocultamiento de contenidos según parámetros opacos | Visibilidad desigual; epistemologías del Sur subordinadas |
| Saturación emocional | Flujo constante de contenidos que activan miedo, indignación o ansiedad | Reducción del análisis crítico; respuestas impulsivas |
| Colonialismo algorítmico | Concentración del poder de mediación simbólica en pocas plataformas globales | Jerarquización de voces; delimitan lo «decible» |
| Producción narrativa | Control de versiones oficiales; deslegitimación de voces críticas | La narrativa dominante condiciona las posibilidades de acción colectiva |
| «Zona gris» | Conflicto sin declaración formal; fronteras difusas entre paz y guerra | Polarización, erosión de lo comunitario, fragmentación organizativa |
Colonialismo algorítmico y el Sur Global
A la saturación emocional se suma lo que García denomina colonialismo algorítmico: la concentración del poder de mediación simbólica en manos de unas pocas plataformas globales que operan bajo lógicas simultáneamente mercantiles y geopolíticas. Estas plataformas no solo distribuyen información; establecen criterios de legitimidad, jerarquizan voces y delimitan los márgenes de lo decible. En consecuencia, las epistemologías, narrativas y experiencias del Sur Global tienden a ser subordinadas, simplificadas o invisibilizadas.
En América Latina, esta dinámica se expresa en procesos de polarización política extrema, en la erosión de la confianza en lo público y lo comunitario, y en la fragmentación de las capacidades organizativas de los pueblos. A escala global, las manifestaciones más intensas de esta violencia simbólica aparecen en contextos de conflicto abierto, donde la disputa por el control de la narrativa acompaña, y en ocasiones antecede, la confrontación material.
«La información deja de ser un bien orientado al intercambio comunicativo para convertirse en una infraestructura estratégica de poder. Quien logra imponer la narrativa dominante incide directamente en las posibilidades de acción colectiva.»— ANTONIO GARCÍA, ELN
Soberanía cognitiva: un horizonte de derechos y resistencia
Frente a este escenario, García plantea la soberanía tecnológica e informativa como horizonte estratégico. No se trata únicamente del acceso a tecnologías, sino de la posibilidad de diseñar, gobernar y disputar infraestructuras propias que respondan a las necesidades y contextos del Sur Global. Resulta igualmente fundamental que las comunidades reconozcan las lógicas de operación de los entornos digitales, identifiquen los mecanismos de manipulación y construyan lecturas autónomas de la realidad.
El análisis apunta a un campo emergente de derechos: la integridad cognitiva. La protección de los procesos mentales y emocionales frente a intervenciones manipulativas debe ser entendida como parte de las luchas contemporáneas por la dignidad, la autonomía y la autodeterminación de los pueblos. Si las sociedades pierden el control sobre sus marcos de interpretación y sus emociones colectivas, la subordinación se vuelve casi imperceptible.
Por ello, la defensa de la participación popular pasa necesariamente por la recuperación de la autonomía del pensamiento y del sentir colectivo. Pensar desde nosotros mismos, en este contexto, no es un acto abstracto. Es una práctica política, una forma de resistencia y una condición indispensable para la libertad.
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Antonio García (ELN). «Guerra cognitiva o colonización del pensar». ELN Voces / Kaos en la Red, 15 de mayo de 2026. https://insurgenciaurbana-eln.net/guerra-cognitiva-o-colonizacion-del-pensar/ https://www.youtube.com/watch?v=928lz4VF1S8
