¿Reconstruir la izquierda transformadora en España?

Composición con ayuda de IA para reorientar a la izquierda

La coalición Por Andalucía se tropezó en las urnas el 17 de mayo. Después de un recuento agónico, que llegó a dejarla en tres diputados, la papeleta que reúne a Izquierda Unida, Podemos y Movimiento Sumar conservará la próxima legislatura los cinco diputados obtenidos en 2022. Pero ninguno de los objetivos marcados en la candidatura que encabeza Antonio Maíllo se ha cumplido: ni aumenta representación (y perdió más de 20.000 votantes), ni lidera el bloque a la izquierda de los socialistas, ni consigue acabar con un ejecutivo de derechas. La falta de tirón de la formación pone en entredicho el proyecto unitario para las generales y revela los problemas del espacio político para atraer a nuevos votantes. En este marco, cabe plantearse con mayor urgencia este debate sobre la necesidad de reconstruir la izquierda

Desde una experiencia militante amplia, cabe considerar que la izquierda en nuestro país y sus territorios atraviesa una crisis que ya no puede explicarse únicamente por la fragmentación de siglas, las disputas internas o los malos resultados electorales. El problema es más profundo. Durante las últimas décadas se fue consolidando una dinámica donde la presencia institucional sustituyó progresivamente la construcción de poder social organizado. La política se ha supeditado cada vez más a la representación parlamentaria, a los liderazgos más o menos mediáticos, al corporativismo y a la convocatoria testimonial, a la par que se debilitaban la implantación territorial, la militancia estable y sobre todo la capacidad de intervenir directamente en los conflictos cotidianos de la mayoría trabajadora, hasta el punto de que actualmente las banderas y logotipos partidistas apenas sirven como publicidad indeseada en las movilizaciones.

Pero esta crisis que venimos padeciendo y siempre parece que vaya a tocar fondo, no tiene por qué implicar un cierre histórico. También puede servir para abrir una etapa de reconstrucción más sólida, menos dependiente de coyunturas electorales y de las instituciones, más conectada con las transformaciones reales de la sociedad española, así como con las necesidades y demandas del grueso de la población trabajadora. Desde esta perspectiva, la cuestión central no es  ya, simplemente, cómo reagrupar los espacios políticos, sino cómo reconstruir una fuerza social capaz de disputar al capital y sus secuaces el poder económico, cultural y social.

Partir de las condiciones materiales reales, no de abstracciones.

La izquierda solo puede recomponerse partiendo de las condiciones materiales concretas de la población trabajadora actual. Eso implica abandonar tanto las nostalgias del viejo obrerismo industrial como ciertas abstracciones discursivas desconectadas de la experiencia cotidiana. Porque la clase trabajadora española de hoy ha sufrido drásticos cambios. Está fragmentada entre empleos precarios, logística, plataformas digitales, servicios, cuidados, turismo, administración pública deteriorada y trabajos altamente inestables. Convive con alquileres desbordados, salarios insuficientes, endeudamiento, inseguridad vital y deterioro de los servicios públicos.

La vivienda se ha convertido en uno de los principales organizadores del conflicto social contemporáneo. El problema ya no afecta únicamente a sectores empobrecidos, sino también a amplias capas asalariadas incapaces de construir un proyecto de vida estable. La pérdida de poder adquisitivo, la financiarización de la vivienda, la turistificación y la especulación urbana están reorganizando barrios enteros y expulsando a la población trabajadora de los centros urbanos.

Una izquierda con voluntad transformadora debe situar este conflicto en el centro de su estrategia y de su acción. En lugar de limitarse a las propuestas legislativas y a la denuncia mediática, la prioridad es impulsar organización vecinal, sindicatos de vivienda, comités, plataformas y redes comunitarias,  así como estructuras de apoyo mutuo capaces de convertir el malestar individual en acción colectiva con resultados.

La organización, no la comunicación, es la cuestión decisiva.

Durante años, especialmente desde los partidos electorales, se extendió la idea de que las viejas formas organizativas estaban agotadas y podían sustituirse por campañas comunicativas, estructuras ligeras y liderazgos carismáticos. La experiencia reiterada ha demostrado las enormes limitaciones de ese enfoque. Cuando desaparece el tejido militante, la política se vuelve muy vulnerable y rehén de los ciclos mediáticos y electorales que otros controlan.

Volver a construir una organización militante estable, es lo contrario de copiar mecánicamente modelos del siglo XX y/o de reproducir burocracias cerradas de “profesionales” de la dirección. Hay que crear estructuras capaces de sostener conflictos, formar cuadros políticos, producir análisis estratégico y mantener presencia constante en los territorios.

La organización no puede limitarse a ser un aparato electoral, como ocurre actualmente muchas veces. Debe funcionar también como infraestructura social. Allí donde la gente tiene problemas reales —vivienda, empleo, cuidados, transporte, salud mental, educación o energía— debe existir presencia organizada de la izquierda.

Sin implantación territorial sostenida, cualquier proyecto político termina dependiendo exclusivamente de la televisión, las redes sociales o los pactos institucionales.

Organizarse ante el capitalismo precarizador.

Una reconstrucción real de la izquierda exige también reconstruir el conflicto laboral en las condiciones del capitalismo contemporáneo. El sindicalismo tradicional mantiene importantes fortalezas, pero enfrenta enormes dificultades para intervenir en sectores precarizados, atomizados o altamente externalizados.

La expansión de plataformas digitales, falsos autónomos, subcontratas y empleos temporales ha debilitado las formas clásicas de organización obrera. Por eso es necesario desarrollar nuevas herramientas organizativas  capaces de intervenir en la logística, el reparto, el turismo, los cuidados y los servicios.

No se trata únicamente de defender salarios. También se trata de disputar tiempo de vida, estabilidad, derechos sociales y capacidad de decisión sobre las condiciones materiales del trabajo y de la existencia.

La izquierda necesitará volver a conectar política y trabajo, pero entendiendo que el trabajo contemporáneo ya no se organiza como en el viejo fordismo industrial. La precariedad no elimina la clase, la fragmenta y dificulta su articulación colectiva.

Autonomía estratégica frente al “mal menor” permanente.

La izquierda situada a la izquierda del PSOE necesita recuperar autonomía política y estratégica. No porque toda cooperación institucional sea negativa, sino porque sin capacidad propia de organización y de movilización, toda alianza acaba convirtiéndose en subordinación.

Durante años, el llamado “mal menor” funcionó como horizonte político permanente. El miedo legítimo a la derecha y a la extrema derecha terminó desplazando cualquier perspectiva de transformación estructural. El resultado fue una izquierda frecuentemente reducida a gestionar márgenes muy estrechos dentro de una lógica dominada por el social-liberalismo y por el malestar social creciente.

Recuperar autonomía no significa encerrarse en el sectarismo ni rechazar automáticamente acuerdos institucionales. Significa invertir las prioridades. La acumulación social debe orientar la política institucional, no al revés.

Cuando una fuerza política pierde base propia, agenda propia y capacidad de lucha independiente, termina absorbida por dinámicas ajenas.

Reconstruir comunidad frente al individualismo neoliberal.

Uno de los mayores éxitos del neoliberalismo ha sido transformar problemas colectivos en experiencias individuales de fracaso, ansiedad o competencia. La inseguridad laboral, el acceso imposible a la vivienda o el agotamiento emocional aparecen muchas veces como problemas privados, no como conflictos estructurales.

La izquierda solo podrá reconstruirse si vuelve a producir comunidad organizada. Eso implica reconstruir espacios de encuentro, sociabilidad y solidaridad cotidiana. Históricamente, el movimiento obrero fue fuerte no solo porque tenía representación política, sino porque construyó redes culturales, educativas y comunitarias propias.

Hoy esa tarea vuelve a ser central. Ateneos, centros sociales, cooperativas, redes de cuidados, medios alternativos, espacios culturales y formación política deben formar parte de una estrategia integral de recomposición popular.

La política transformadora no puede existir únicamente en períodos electorales. Necesita insertarse en la vida cotidiana.

La batalla cultural sigue siendo importante.

La organización material es decisiva, pero no basta por sí sola. La extrema derecha ha demostrado gran capacidad para producir relatos emocionales simples alrededor del miedo, la inseguridad y el resentimiento social.

La izquierda necesita recuperar capacidad cultural y comunicativa, pero conectándola con experiencias reales de conflicto y organización. No se trata únicamente de mejorar mensajes o encontrar nuevos marcos discursivos. Se trata de construir sentido común desde prácticas colectivas concretas.

Sin una narrativa capaz de explicar quién concentra el poder económico, por qué aumenta la precariedad y cómo puede construirse una alternativa colectiva, el malestar social seguirá siendo capturado por discursos reaccionarios.

Ejes de reconstrucción: ¿Qué hacer?

No existe una solución rápida o fácil para la crisis de la izquierda española. Ningún cambio de siglas, liderazgo o coalición resolverá por sí mismo problemas acumulados durante décadas de desarticulación social, neoliberalización y debilitamiento organizativo.

La reconstrucción exigirá tiempo, implantación territorial, formación política, conflicto sostenido y capacidad de adaptación a una sociedad profundamente transformada. Exigirá también abandonar ciertas ilusiones: ni la comunicación sustituye a la organización, ni la institución reemplaza al poder social.

Pero la crisis actual también revela algo importante: amplias capas de la sociedad siguen enfrentando problemas estructurales que el capitalismo español no puede resolver. Vivienda inaccesible, precariedad, deterioro de servicios públicos, desigualdad territorial y agotamiento vital seguirán generando conflicto social.

La cuestión decisiva es si la izquierda será capaz de organizar ese conflicto en una dirección emancipadora o si continuará atrapada entre la absorción institucional y la fragmentación permanente.

Reconstruir la izquierda no significa volver al pasado. Significa construir nuevas formas de organización colectiva capaces de responder a las condiciones reales del presente y de abrir nuevamente un horizonte de transformación social para la mayoría trabajadora.

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