Como bien nos recuerda José Perelló Moreno en Elsalto, en octubre de 1789 las mujeres trabajadoras de París marcharon hasta Versalles para exigir pan. Pescaderas y vendedoras de los mercados, con el pan valiendo casi la mitad del jornal de un obrero, no esperaron a que nadie las representara, tomaron la iniciativa y fueron a pedir cuentas al rey. Y aquella marcha aceleró una revolución, aunque la historia, como tantas veces, parece que se olvidó de quiénes la empujaron.
Una consigna con memoria de mujer.
«UHP» (Unión de Hermanos Proletarios) fue también el lema de la Revolución de Asturias de 1934, cuando socialistas, ugetistas, cenetistas y comunistas se unieron frente al Bienio Negro. El grito «¡UHP, no se paga el alquiler!» nos ha llegado sobre todo por voz de mujeres, de las madres que lo gritaron durante la guerra y que lo transmitieron a sus hijas e hijos. Fueron ellas quienes sostenían la economía doméstica, quienes veían llegar al casero y quienes sabían que las familias pobres no podían esperar frente a los buitres.
Quién sufre el desahucio.
Los desahucios siempre han existido, pero antes se vivían como dramas privados, «cosas que les pasaban a los pobres». Hoy son un fenómeno masivo, primero por las hipotecas del ladrillazo y ahora por los alquileres con precios disparados. Y quien lo vive de cerca suele tener nombre de mujer, ya sea de madres solas al frente de una familia, ancianas con pensiones mínimas, jóvenes o trabajadoras con empleos precarios. Maricarmen, desahuciada y fallecida después en el hospital, es el último rostro de esa realidad terrible.
Sin embargo, el derecho a una vivienda digna no es ninguna aspiración extremista, aunque la Constitución del 78 no lo considere como tal derecho (lo define como «principio rector»). Lo que ha facilitado al capitalismo rentista hacer de la casa un negocio y del desahucio una herramienta legal.
Quién se beneficia.
Del ladrillazo salieron los fondos buitre. Cerberus compró las carteras de inmuebles que los bancos arrebataron a las familias desahuciadas, y Alonso Aznar Botella es su hombre fuerte en España. Ana Botella, siendo alcaldesa de Madrid, malvendió 1.860 viviendas públicas. También el PSOE cuenta una larga historia de filiación rentista, con leyes y decisiones políticas muy concretas. Mientras tanto, muchos miles de personas duermen a la intemperie en las calles, ante la dejación de muchos ayuntamientos y comunidades autónomas.
La calle también es suya.
El movimiento por la vivienda, impulsado y sostenido en buena medida por mujeres, demostró que la organización de base puede parar desahucios. Pero tampoco cabe olvidar sus límites. Hoy las plazas vuelven a llenarse como cuando el 15M. La historia se repite aunque con nuevos perfiles y protagonistas. Y es que, cuando la gota colma el vaso, son las mujeres trabajadoras quienes suelen dar el primer paso.
Qué hacer.
La revolución de la vivienda no empieza en el Parlamento. Empieza, como en 1789, cuando las mujeres que no pueden esperar deciden que ya basta. La huelga general del próximo 11 de noviembre es una batalla, no la última. Por eso hay que prepararla y que organizarse en cada barrio contra los desahucios y por el control de los alquileres, dando voz y poder de decisión a quienes más los sufren. Hay también que exigir políticas públicas de vivienda, gobierne quien gobierne. Los sondeos anuncian un gobierno favorable a los fondos buitre, lo que hará la lucha más intensa y larga. Y hay también que movilizar el voto de la juventud trabajadora abstencionista el 29 de noviembre para frenar a la extrema derecha en las urnas.
