En las últimas décadas se ha producido un fenómeno llamativo: la felicidad ha dejado de ser una aspiración personal para convertirse en una obligación social. En el trabajo, en la educación, en las redes sociales e incluso en la consulta terapéutica, se nos exige mostrar resiliencia, optimismo y capacidad de adaptación permanente. El sufrimiento ya no aparece como una consecuencia de las condiciones materiales de existencia, sino como un problema individual que debe resolverse mediante técnicas de autogestión emocional.
Esta transformación es precisamente el objeto de crítica del libro Contra la Psicología Positiva, del investigador ecuatoriano Luis Pablo López-Ríos. Su tesis resulta incómoda para el discurso dominante: buena parte de la llamada psicología positiva no constituye una herramienta de emancipación personal, sino un mecanismo ideológico que ayuda a adaptar a los individuos a las exigencias del capitalismo neoliberal.
Cuando la economía invade la psicología
La expansión de la psicología positiva coincide con el auge de las teorías económicas que trasladan la responsabilidad de los problemas sociales al comportamiento individual. La consagración académica de esta tendencia llegó con figuras como Daniel Kahneman y Richard Thaler, cuyas investigaciones sobre economía conductual fueron reconocidas con el Premio Nobel de Economía.
Bajo esta perspectiva, fenómenos como la pobreza, el desempleo o la desigualdad dejan de interpretarse como consecuencias de determinadas estructuras económicas y pasan a entenderse como el resultado de decisiones equivocadas, sesgos cognitivos o déficits motivacionales.
Esta forma de abordar la realidad tiene profundas implicaciones políticas. Si el problema está en la mente de las personas, desaparece la necesidad de transformar las estructuras que generan exclusión. Las políticas redistributivas son sustituidas por programas destinados a modificar comportamientos, actitudes y expectativas.
Un ejemplo paradigmático aparece en el Informe sobre el Desarrollo Mundial 2015 del Banco Mundial, donde se plantea que la superación de la pobreza pasa por transformar los “modelos mentales” de las personas pobres para que puedan imaginar un futuro mejor.
La gestión emocional como herramienta empresarial
Las grandes corporaciones han comprendido rápidamente la utilidad económica de esta nueva visión psicológica. Empresas tecnológicas como Google o Amazon han desarrollado programas específicos destinados a gestionar las emociones de sus trabajadores.
La popularización del mindfulness corporativo, los cursos de inteligencia emocional o las estrategias de desarrollo de la resiliencia no responden necesariamente a una preocupación humanista por el bienestar de la plantilla. En muchos casos funcionan como mecanismos destinados a reducir conflictos, aumentar la productividad y mejorar la adaptación a entornos laborales cada vez más exigentes.
La lógica es sencilla: en lugar de cuestionar jornadas extenuantes, ritmos de trabajo intensivos o sistemas de evaluación agresivos, se invita a los trabajadores a desarrollar capacidades psicológicas que les permitan soportar mejor esas condiciones.
El estrés deja de ser un problema organizativo para convertirse en una responsabilidad individual. El agotamiento ya no remite a la explotación, sino a una insuficiente capacidad de gestión emocional.
La individualización del sufrimiento
Uno de los argumentos más relevantes de López-Ríos consiste en señalar que la psicologización de los problemas sociales contribuye a despolitizar el malestar.
Cuando la ansiedad, la depresión o el agotamiento son interpretados exclusivamente como fenómenos individuales, desaparecen del análisis factores como la precariedad laboral, la inseguridad económica, la crisis de la vivienda o la degradación de los servicios públicos.
De este modo, el sufrimiento social se transforma en una cuestión privada.
La constante recomendación de “ir a terapia” puede convertirse así en una solución insuficiente cuando se utiliza para abordar problemas cuya raíz es estructural. No se trata de cuestionar la utilidad de la atención psicológica, que puede resultar imprescindible para muchas personas, sino de señalar que ninguna intervención individual puede resolver contradicciones producidas por el propio funcionamiento del sistema económico.
La fabricación del sujeto neoliberal
Desde una perspectiva inspirada en el pensamiento de Louis Althusser, el autor sostiene que la psicología positiva participa en la construcción de un determinado tipo de sujeto.
El capitalismo neoliberal necesita individuos competitivos, emprendedores, flexibles y permanentemente orientados al rendimiento. Una vez producido ese sujeto social, determinadas corrientes psicológicas presentan esos rasgos como características naturales e inevitables de la condición humana.
Se produce así un fenómeno circular: el sistema genera un modelo de comportamiento y posteriormente lo legitima presentándolo como una expresión espontánea de la naturaleza humana.
Las alternativas basadas en la cooperación, la solidaridad o la planificación colectiva aparecen entonces como artificiales o contrarias a los supuestos impulsos naturales del individuo.
La crítica al culto del bienestar
Desde posiciones cercanas al psicoanálisis lacaniano, la obra también cuestiona la obsesión contemporánea por eliminar cualquier forma de malestar.
El discurso dominante promete una felicidad permanente basada en la autorregulación emocional, el pensamiento positivo y la optimización constante del yo. Sin embargo, esta búsqueda incesante termina convirtiéndose en una nueva forma de disciplina social.
El sujeto ya no está sometido únicamente por instituciones externas. Ahora se vigila a sí mismo, monitoriza sus emociones, mide su productividad y se responsabiliza individualmente de cualquier fracaso.
La consecuencia es paradójica: cuanto mayor es la presión por ser feliz, más intensa puede resultar la sensación de insuficiencia.
Recuperar la dimensión política del malestar
La principal aportación de esta crítica consiste en recordar que los problemas psicológicos no surgen en el vacío. La subjetividad se construye en un contexto histórico, económico y so
Frente a una cultura que insiste en buscar todas las respuestas dentro del individuo, resulta necesario recuperar una mirada capaz de conectar las experiencias personales con las estructuras colectivas.
La precariedad, la incertidumbre laboral, las dificultades de acceso a la vivienda o la creciente desigualdad generan sufrimientos reales que no pueden reducirse a simples errores cognitivos ni resolverse exclusivamente mediante técnicas de desarrollo personal.
La pregunta fundamental sigue siendo incómoda para el pensamiento dominante: ¿hasta qué punto nuestro malestar es consecuencia de nuestras decisiones individuales y hasta qué punto refleja las contradicciones de una sociedad organizada en función de la acumulación privada del capital?
Responder a esa cuestión implica volver a politizar aquello que durante décadas se nos ha enseñado a interpretar como un problema exclusivamente psicológico.
