15.º aniversario del 15M y una crítica necesaria.

Composición por IA de carteles sobre el 15M

Quince años después, la energía surgida de lo que se conoce como el 15M -la masiva movilización que condujo a “tomar plazas y calles” un 15 de mayo— no puede leerse desde la nostalgia. Sería más necesario, seguramente, mirar hacia el futuro… desde este pasado, para poder aprender de él. Porque, si algo está claro y universalmente reconocido, es que esta experiencia fracasó como proyecto de transformación social y no pudo convertirse en una herramienta política organizada de la mayoría trabajadora. Esta es la cuestión verdaderamente pendiente.

El decimoquinto aniversario del 15M ha vuelto a despertar lecturas sentimentales y parcialmente idealizadas de aquel ciclo político. Se reivindica la persistencia del “apoyo mutuo”, se lamenta la continuidad de la Ley Mordaza y se sostiene que algo aprendimos entonces aunque quede todo por hacer. Sin embargo, obviar los resultados consecuentes sería un error político. El 15M fracasó como proyecto de transformación, a nuestro entender, porque nunca consiguió convertirse en una herramienta política organizada de la mayoría trabajadora de este país y sus territorios.

El relato se mueve demasiado en el terreno de la memoria afectiva y la melancolía política, sin explicar por qué un movimiento que movilizó a millones terminó desembocando en frustración, institucionalización y desmovilización social. El problema no es solo lo que ocurrió después. A nuestro juicio, aunque líderes tan destacados como Julio Anguita arengaran a sus camaradas diciendo “son los nuestros” (buscando que participaran en las asambleas y no en sus casas y despachos), el problema fueron siempre los límites ideológicos asumidos por este movimiento.

Un movimiento interclasista sin horizonte definido

Desde una perspectiva marxista, el 15M expresó una crisis real del régimen político surgido de la Transición, pero lo hizo bajo formas ideológicas cuidadosamente pluralizadas, interclasistas, difuminadas. El lema “Democracia Real Ya” sintetizaba una crítica moral a la corrupción y al funcionamiento de las instituciones, pero evitaba deliberadamente cuestionarlas como tal, y tampoco situaba el conflicto capital-trabajo como núcleo de la crisis, ni a la monarquía como clave de bóveda. La indignación y los relatos emancipadores se enfocaron contra “los políticos”, “los mercados” o “la falta de representación”, pero no hacia la estructura misma del régimen del 78 y del capitalismo español y europeo.

Ese desplazamiento tuvo consecuencias decisivas. El 15M fue capaz de ocupar plazas, generar consenso social e incluso abrir una crisis de legitimidad del bipartidismo, pero nunca construyó un contra-poder organizado. No articuló sindicatos combativos de masas, no levantó estructuras permanentes en los centros de trabajo y no elaboró un programa de ruptura económica con el capital financiero, la Unión Europea o el régimen monárquico. Las condiciones materiales de vida de “la gente” se mencionaban frecuentemente, pero desde un lenguaje difuso que evitaba cuestionar concretamente el poder real existente. El resultado fue una interpretación moral y cultural de la crisis, con demasiada frecuencia asumiendo una perspectiva desideologizada (¡ni de izquierdas ni de derechas! ¡que se vayan todos!…)

Del “no nos representan” a la integración institucional

Precisamente por todo lo dicho, no resulta tan llamativa la gran contradicción que supuso que el 15M, un movimiento nacido contra la representación política existente, acabara alimentando una nueva representación institucional. La irrupción de Podemos canalizó electoralmente gran parte de aquella energía social, pero lo hizo aceptando rápidamente los límites del orden existente. La crítica al “régimen del 78” quedó reducida a una democratización institucional compatible con la permanencia en la Unión Europea, la economía de mercado y la OTAN. El conflicto de clases, que siempre se había mantenido bastante apartado, fue rápidamente sustituido por una lógica populista basada en la oposición entre “la gente” y “la casta”.

Ese marco permitió ampliar apoyos electorales durante un tiempo, pero vació políticamente la posibilidad de una ruptura estructural. Cuando la movilización social descendió y las instituciones absorbieron a buena parte de sus dirigentes, el ciclo terminó agotándose. La derrota queda implícita en el reconocimiento de que “volvimos a los elegidos que no nos representan”. Pero la cuestión relevante no es únicamente que el sistema resistiera, sino que la izquierda surgida del 15M terminara gestionando parcialmente ese mismo sistema (coalición de gobierno con el PSOE). Como resultado final, hemos tenido y seguimos teniendo una combinación intensa de frustración popular, desmovilización política y avance de la derecha reaccionaria.

La ausencia de organización y proyecto transformador

Uno de los silencios más importantes en cualquier balance honesto del 15M es la cuestión organizativa. Reivindicar asambleas, redes vecinales y apoyo mutuo tiene valor, pero eludir la discusión sobre la necesidad de organización política estable y estrategia revolucionaria es un error de perspectiva. El espontaneísmo fue una de las principales debilidades del movimiento. La horizontalidad absoluta, la desconfianza hacia toda forma de dirección política y el rechazo de estructuras disciplinadas impedían transformar la protesta en poder material duradero.

Para los marxistas, la autoorganización popular es indispensable pero insuficiente. Frente al “solo el pueblo salva al pueblo” que últimamente trata de propalarse (incidentes de la DANA y otros desastres climáticos), es claro que no puede haber alternativa sin una organización política capaz de unificar luchas dispersas, elaborar estrategia y disputar el poder estatal. De otro modo, los movimientos tienden a fragmentarse o ser absorbidos por el propio sistema. La experiencia histórica del siglo XX muestra que las clases dominantes sí poseen organización, aparato ideológico, control institucional y estrategia de largo plazo. Frente a ello, el culto a la espontaneidad y al “populismo” termina favoreciendo objetivamente la reproducción del orden existente.

El problema no era solo la democracia, sino el capitalismo

La “Democracia Real Ya” todavía no ha llegado, ciertamente. Pero el problema de fondo no es la falta de una democracia más auténtica dentro del capitalismo. El problema es que el capitalismo contemporáneo vacía necesariamente la democracia allí donde entra en contradicción con la acumulación de capital. La precariedad juvenil, la crisis de vivienda, el deterioro de los servicios públicos y la pérdida de soberanía económica no son anomalías corregibles mediante regeneración institucional. Son consecuencias estructurales del capitalismo neoliberal y de la inserción subordinada de España en la economía europea.

Por eso el horizonte estratégico no puede limitarse a “mejorar la democracia”, sino a construir formas de poder popular capaces de disputar la propiedad, la planificación económica y el control del Estado.

La precariedad, la crisis de vivienda y el deterioro de los servicios públicos no son anomalías corregibles mediante regeneración institucional. Son consecuencias estructurales del capitalismo neoliberal.

¿Qué lecciones deja realmente el 15M?

Quince años después, el 15M sigue siendo una experiencia relevante porque expresó una ruptura generacional y una crisis profunda de la legitimidad política. Pero su balance no puede hacerse desde la nostalgia. La principal lección no es que “queda todo por hacer”, sino que la movilización social sin organización de clase, sin estrategia de cambio y sin proyecto de poder resulta insuficiente. La energía destituyente puede abrir grietas, pero si no existe una fuerza organizada capaz de convertir esa crisis en proyecto de transformación estructural, el sistema termina recomponiéndose.

El capitalismo español y la monarquía parlamentaria atravesaron una crisis de legitimidad en 2011. Hoy atraviesan además una crisis social, territorial y geopolítica mucho más profunda. Sin embargo, la izquierda continúa atrapada entre el institucionalismo impotente y el activismo fragmentado.

El reto actual no consiste en repetir el 15M ni en idealizarlo, sino en superar sus límites. En reconstruir organización popular arraigada en los centros de trabajo y los barrios, recuperar la centralidad de la lucha de clases y articular un proyecto de cambio social capaz de disputar el poder económico y político.

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