El papel del Estado en la crisis global del neoliberalismo.

Imagen de IA con un mundo de países sostenidos por estados

Hace apenas dos días, el articulista Álvaro García Linera publicó en Diario Red un artículo sobre “El retorno del Estado en la crisis global del neoliberalismo” que puede confundir y desorientar, ya que el Estado nunca desapareció. Puede decirse, mejor, que está redefiniendo su papel en una nueva fase del capitalismo global marcada por la geofragmentación, la crisis de legitimidad y la disputa geopolítica. Dada la importancia de la cuestión, seguidamente abordamos el asunto desde nuestra perspectiva.

El mito del “retorno del Estado”

En los últimos años se ha consolidado una narrativa cada vez más extendida, en el sentido de que la crisis del neoliberalismo estaría provocando el regreso del Estado como actor económico central. Aranceles, políticas industriales, subsidios masivos, relocalización de cadenas productivas o intervención en sectores estratégicos parecen confirmar este giro.

Sin embargo, plantear el momento actual en términos de “retorno” resulta equívoco. El Estado nunca abandonó su papel en la economía capitalista. Durante el ciclo neoliberal, lejos de retirarse, desempeñó funciones decisivas: garantizó la financiarización, sostuvo rescates bancarios, disciplinó el trabajo y configuró marcos regulatorios favorables al capital global.

El neoliberalismo no fue la ausencia del Estado, sino su reconfiguración. Lo que estamos observando hoy no es su regreso, sino una mutación en sus formas de intervención, impulsada por cambios estructurales en la economía mundial que no podemos permitirnos ignorar.

Crisis del neoliberalismo y crisis de hegemonía

El artículo citado acierta al situar la coyuntura actual en una crisis que trasciende lo económico. No se trata únicamente de desequilibrios comerciales o financieros, sino de una crisis política e ideológica más profunda. La creciente polarización, el descrédito de las instituciones, la descomposición de los sistemas de partidos tradicionales y el ascenso de la extrema derecha encajan con lo que Antonio Gramsci definió como una “crisis de autoridad”.

Las clases dominantes conservan el control del aparato estatal, pero pierden capacidad para generar consenso social estable. En este contexto, el poder tiende a apoyarse cada vez más en mecanismos de coerción, securitización e intervención directa.

Este marco resulta útil para entender por qué el Estado adquiere una visibilidad renovada: no porque haya sido recuperado, sino porque las condiciones de acumulación exigen una intervención más explícita e incluso abrupta.

¿Fin del neoliberalismo o reconfiguración?

Uno de los principales problemas del enfoque de G. Linera es la tendencia a presentar el momento actual como una transición relativamente ordenada hacia un nuevo régimen de acumulación. La historia del capitalismo, sin embargo, no funciona mediante fases limpias y sucesivas. Diferentes modelos coexisten, se superponen y se combinan de manera desigual según territorios y sectores.

El neoliberalismo nunca fue homogéneo. Mientras se promovía la apertura global, las grandes potencias mantuvieron políticas industriales, proteccionismo selectivo y fuertes inversiones estatales en ámbitos estratégicos como la defensa, la tecnología o la energía. Por eso, más que hablar de agotamiento, resulta más preciso entender el presente como una transformación interna del neoliberalismo.

Persisten elementos centrales: La financiarización de la economía; la centralidad del capital global; la precarización y disciplinamiento del trabajo; la subordinación de lo público a la rentabilidad privada. Pero el cambio no radica en la desaparición de estas dinámicas, sino en la forma en que el Estado interviene para sostenerlas.

Geofragmentación y disputa global

Uno de los conceptos más sugerentes del análisis es el de “geofragmentación”, que describe la creciente reorganización del capitalismo en torno a bloques geopolíticos. La rivalidad entre Estados Unidos y China, las tensiones tecnológicas, las sanciones económicas y la reorganización de las cadenas de suministro apuntan hacia un escenario más conflictivo, donde la seguridad estratégica gana peso frente a la lógica puramente mercantil.

No obstante, conviene matizar esta idea. No estamos asistiendo a una desglobalización en sentido estricto, sino a una globalización más selectiva, más politizada y más jerarquizada. Las cadenas globales no desaparecen, sino que se reconfiguran en función de intereses geopolíticos.

El resultado no es un cierre del sistema, sino una intensificación de sus contradicciones.

El Estado no es un actor neutral.

Otro de los límites del enfoque de G. Linera es su tratamiento del Estado como una entidad relativamente homogénea. En la realidad concreta, los Estados están atravesados por conflictos internos, fracciones de clase, intereses corporativos y dependencias estructurales. Además, ocupan posiciones muy distintas en la jerarquía del sistema mundial.

No es lo mismo el Estado estadounidense, capaz de emitir moneda de reserva global, que el español, condicionado por su inserción en la Unión Europea y por su dependencia financiera. Este aspecto resulta clave y está insuficientemente desarrollado, igual que ocurre con la Unión Europea.

En el marco de la Unión Europea, hablar de “retorno del Estado” exige tener en cuenta fuertes restricciones institucionales. Las reglas fiscales, el papel del Banco Central Europeo y la lógica del mercado único limitan la capacidad de intervención estatal, especialmente en los países del sur.

Aunque en los últimos años se han flexibilizado parcialmente estas normas (fondos Next Generation, políticas industriales verdes), el margen de autonomía sigue siendo reducido y altamente condicionado.  Sin este análisis, el diagnóstico corre el riesgo de sobregeneralizar dinámicas que no operan de igual manera en todos los contextos.

La dimensión ecológica ausente

Una de las principales carencias del texto de G. Linera es la escasa atención a la crisis ecológica. La transición energética, la competencia por recursos críticos y la necesidad de descarbonización están reconfigurando profundamente el papel del Estado. Las políticas industriales actuales no pueden entenderse sin este vector.

El capitalismo contemporáneo no solo enfrenta una crisis económica o geopolítica, sino también una crisis de base material. Ignorar este elemento limita la capacidad explicativa del análisis.

Riesgos autoritarios y nuevas élites

El artículo acierta al advertir que el fortalecimiento del Estado no implica necesariamente avances progresistas.

En múltiples países observamos el auge de proyectos que combinan nacionalismo, securitización, concentración de poder ejecutivo y recorte de derechos sociales.

Sin embargo, el análisis queda algo abstracto al referirse a “nuevas élites corporativas y militares” sin concretar actores. En la práctica, este proceso involucra a sectores muy específicos: grandes tecnológicas, complejo militar-industrial, capital energético y financiero.

Identificar estos sujetos es clave para comprender la dirección real del cambio.

La disputa sigue abierta.

Pese a sus limitaciones, el texto ofrece un marco útil para pensar el momento actual. Su principal acierto es recordar que el Estado sigue siendo un terreno central de disputa política.

Pero conviene afinar el diagnóstico. El Estado no ha regresado porque nunca se fue. Lo que está en juego es cómo se reconfigura su intervención en un contexto de crisis múltiple: económica, geopolítica, ecológica y de legitimidad.

La cuestión decisiva no es su presencia, sino su orientación. Quién lo controla, al servicio de qué intereses y con qué horizonte político. Recuérdese que el socialismo necesita de un estado para fraguar, o como se decía antes, la dictadura del proletariado…

Esa es, en última instancia, la verdadera batalla de nuestro tiempo.

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