El “menosmalismo” o “mal menorismo” y sus alternativas desde la izquierda.

Composición IA de la disyuntiva de la izquierda

Como se comenta también un artículo de Insurgente.org, actualmente buena parte de la izquierda que pretendía erigirse en alternativa al PSOE ha terminado sirviendo, en los hechos, como cuota de apoyo institucional para Sánchez. El PSOE se presenta así como garante de “democracia y bienestar”, sin embargo, en la realidad, su política no rompe con el giro social y económico que ha permitido la subida de la extrema derecha, ni con la continuidad de los recortes disfrazados de reformas que exigen también desde la UE. Sumar, por su parte, apoyada en una IU y PCE en sus momentos más bajos de militancia, se ha convertido en un paraguas bipolar: por un lado, en un espacio de contestación discursiva; por el otro, en un socio de gobierno que participa en la gestión de las decisiones que recortan derechos, perpetúan la precariedad, amparan el militarismo y blindan la lógica del capital.

La preocupación dominante en gran parte de esta izquierda no es ya “cómo transformar el sistema”, sino “cómo asegurar que el PSOE no pierda”. Y, desde las direcciones de estas fuerzas, la amenaza de la extrema derecha se usa como catapulta para justificar el apoyo a un gobierno cuyo programa social y económico no es sustancialmente distinto del de cualquier fuerza integrada en la UE post‑neoliberal. El discurso de “gobernar para transformar” se diluye cada vez más en pactos de Estado, reformas graduales y acuerdos con partidos de derecha que gobiernan en las autonomías. Aunque el PSOE les denuncia públicamente, luego sigue alineándose con Bruselas y la OTAN para defender el régimen monárquico.

Sumar, por su parte, sigue aspirando a ser una “izquierda bonita”, con discursos feministas, anti-oligárquicos y ecosocialistas, pero sin atreverse nunca a romper con la cláusula de no‑agresión institucional al PSOE. Por eso puede decirse que su presencia en el gobierno no ha servido para empujar una agenda de ruptura, sino para reconfigurar un apoyo térmico. De modo que, cuando el PSOE se intoxica, Sumar entra como filtro político; y cuando Sumar se calienta, el PSOE lo recoloca como socio discreto. La crítica que antes se hacía desde Podemos o desde partes de IU y del PCE –que el PSOE solo busca “mantenerse en el Gobierno” y que el “mal menorismo” es lo que debilita la base social progresista– se ha silenciado. El mensaje no por falaz menos reiterado es que el verdadero y principal mal sería que “el fascismo” (en abstracto) llegue a La Moncloa.

Con esa lógica, ciertamente, lo que se está construyendo no es una alternativa, sino una reserva de votos para el PSOE. La izquierda institucional asume toda la culpa (por no “votar responsable”), pero ninguna de las decisiones estructurales –que van desde la migración, la vivienda, la reforma laboral o la defensa de la ley de la cadena– se toman desde el lado izquierdo del espectro, sino desde el centro–derecha socialdemócrata. El resultado es una izquierda adocenada que, en lugar de luchar para generar un espacio de poder propio, se dedica a negociar presencia institucional, cuotas de diputados y ministerios, cargos de consejeras, o fotos de unidad en el Congreso o en los gobiernos autonómicos.

Propuestas políticas más allá del cordón sanitario PSOE–Sumar

Si la intención es romper con esa lógica, hace falta pensar alternativas que no dependan de la bendición del PSOE ni de la rampa de despegue de Sumar y de sus continuadores. Una de ellas es articular proyectos de izquierda real que se constituyan política y organizativamente al margen de los gobiernos, pero dentro de la lucha social. Colectivos de vivienda, plataformas de servicios públicos, redes de sindicatos combativos y comités de huelga sectoriales pueden funcionar como espacios de poder real, donde se toman decisiones sobre movilizaciones, conflictos, apoyos mutuos y estrategias de sostenibilidad económica.

Otra alternativa es acelerar la construcción de proyectos unitarios desde abajo, que no se resuman a la mera suma de siglas aspirantes a ministerios o conserjerías. Un proyecto de izquierda que quiera romper con la opción “menos mala” debe tratar de articular asambleas, comités y plataformas deliberativas que combinen asambleas barriales, sindicatos de base, colectivos feministas y ecologistas. Sólo desde estos espacios cabría plantearse la participación electoral como un instrumento más, no como la esencia y destino único de la acción política.

Por pura congruencia y fidelidad a su base social, además, la izquierda está obligada a exigir al PSOE y a Sumar propuestas claras y públicas, en lugar de ofrecerles un cheque en blanco movido por el miedo a la extrema derecha. Exigirles, por ejemplo, una arquitectura de salarios y pensiones que permitan vivir con dignidad a la clase trabajadora; una reforma migratoria que rompa con el sistema de expulsión decretado por la UE y secundado por este gobierno; una política industrial que no pacte con las patronales europeas, o una defensa de los servicios públicos sin “pactos de Estado” que financian recortes en el corto plazo. Si estas condiciones generales no se cumplen, el apoyo a sus gobiernos no debería ser automático, sino objeto de debate abierto y decisión desde las bases de las organizaciones implicadas.

En lugar de disfrazar la servidumbre al poder como si fuera una estrategia, la izquierda podría asumir con claridad que, en muchos casos, su papel hoy es el de actuar como agente de cambio: movilizar en la calle, organizar respuestas comunitarias, impulsar huelgas y campañas de solidaridad, bloquear desahucios y persecuciones migratorias, y, en el Parlamento, limitarse a denunciar y a ofrecer alternativas programáticas reales, sin pretender pilotar desde dentro un barco cuyo propietario es el PSOE. Esa ruta no vende titulares de “pacto de gobierno”, pero sí puede construir una credibilidad política autónoma, que no se derrumba en cada cambio de gobierno.

Hacia una izquierda real que luche contra la monarquíaˋ y el poder oligárquico .

El problema no es votar al PSOE una vez, sino que buena parte de la izquierda se haya convertido en proveedora regular de votos para un proyecto que no solo no transforma el capitalismo, sino que se aferra a la arquitectura neoliberal de la UE y del régimen heredado del franquismo. Sumar y sus posteriores desarrollos como IU-PCE, por su parte, se siguen situando como socio perfecto para perpetuar la táctica de dar un color progresista al gobierno de Pedro Sánchez, pero sin exigir un cambio de rumbo económico, social e incluso institucional.

Romper con eso no supone entregarse al radicalismo o al izquierdismo, sino desarrollar una táctica política que sitúe la lucha en la calle, el territorio y el lugar de trabajo, además de emplear el espacio institucional como un plano complementario, no como el único.

La izquierda, en particular los comunistas, podrían empezar por asumir y decir claramente que no se está para apoyar al PSOE, ni como adorno decorativo en Sumar e incluso en IU. Al contrario, hay que asumir y declarar un proyecto político de transformación que no se mida por cuántos sillones se ocupan tras las elecciones, sino por la defensa sin fisuras que se haga de los intereses y demandas de la clase trabajadora.

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