¿Qué política necesitamos? Renovar las prácticas o seguir repitiendo los mismos errores.

Imagen por IA de grupo de activistas discutiendo.

En un interesante artículo publicado en Comune-info, Laura Castellani plantea una cuestión que no es nueva, pero sí urgente:  ¿por qué la izquierda sigue sin conectar con esa mayoría que rechaza el mundo tal como está y que tampoco se reconoce en ninguna de las formaciones políticas existentes?

Las plazas del otoño pasado contra el genocidio en Palestina, la victoria del No en el referéndum constitucional italiano o la manifestación «No Kings» en EEUU muestran hechos concretos, que sí existe una voluntad política de mucha gente que no encuentra cauce en ninguna estructura política organizada. Son personas que quieren activarse, pero no encuentran el espacio adecuado para hacerlo.

El diagnóstico vale tanto para Italia (la reflexión de la autora) como para el Estado español. Aquí, las dos grandes referencias de la izquierda alternativa —Izquierda Unida y Podemos— atraviesan una crisis que va más allá de los menguantes resultados electorales, juntos y/o desunidos. Por ejemplo, la última asamblea ciudadana de Podemos reveló una caída drástica en la participación. En 2021 votaron más de 50.000 inscritos, en 2025, apenas 27.000. Una pérdida de más de la mitad de la capacidad de movilizar a la propia militancia en cuatro años. Y en el caso de IU, el propio Antonio Maíllo reconocía a principios de 2025 que la organización tiene una presencia escasa entre los jóvenes y no ha logrado adaptarse ni en la creación de mensajes ni en el uso de plataformas digitales y espacios comunitarios donde hoy se socializa una generación entera. (ver en referencias).

En el espacio político de la izquierda alternativa española de 2026, IU, Sumar, Más Madrid, los Comuns y Podemos han intensificado sus esfuerzos por conformar nuevos «frentes amplios». Sin embargo, detrás de esta fachada de unidad no hay un proyecto político sólido a largo plazo, ni arraigo territorial genuino, ni músculo militante capaz de sostener cambios profundos. Los intentos de unidad se encallan en debates de despacho y acuerdos de última hora que se deshacen ante el primer revés. El episodio de Andalucía es paradigmático: el pacto entre IU, Sumar y Podemos se cerró in extremis antes del plazo electoral, y en lugar de proyectar cohesión ha provocado críticas internas que evidencian la fragilidad de una alianza construida desde arriba y a contrarreloj.

Lo que plantea Castellani no se limita al diagnóstico del problema. Su propuesta es tan sencilla como difícil de llevar a la práctica: aprender a converger. Eso significa sentarse en torno a una mesa, construir procesos colectivos amplios, plurales y participados, con autonomía real para fijar prioridades propias y con total transparencia sobre tiempos, lugares y responsables de cada iniciativa. La participación de personas nuevas en este tipo de procesos no es un detalle secundario, sino quizás la base de todo lo demás.

La autocrítica que atraviesa el artículo de la autora es honesta y necesaria, además de obligada también en nuestras circunstancias. Las movilizaciones de plaza, las campañas solidarias, el apoyo mutuo entre luchas: todo eso ya forma parte de la historia de la izquierda. Sin embargo, esas prácticas no nos salvaron de la crisis política que, con distintos ritmos y formas, ha golpeado a todos los movimientos sociales y políticos durante los últimos veinte años. Repetir las mismas fórmulas sin cuestionarlas no es fidelidad a la tradición: es rendirse al burocratismo.

La clave sería emplear dos elementos que habitualmente se tratan como secundarios: la facilitación como herramienta para superar liderazgos informales, sectarismos y equilibrios políticos fosilizados, y la incorporación efectiva de jóvenes y personas sin experiencia militante previa. Necesitamos espacios políticos experimentales y horizontales en los que la reflexión y el cambio sean la brújula, y donde construir una nueva generación militante capaz de tomar la palabra sobre la crisis sistémica en curso e imaginar futuros de justicia, democracia, redistribución de recursos, respeto de los ecosistemas y cambio social.

Hay señales de que algo se mueve, aunque tímidamente. Por ejemplo, en Valencia, a propósito de la DANA, pero también de muchas otras cuestiones, hay una movilización social amplia y estable, a pesar de que la izquierda lleva bastantes años limitándose a administrar su propia fragmentación mientras la derecha consolida hegemonía cultural e institucional. La cuestión es si somos capaces de construir algo en base a los ejes indicados o nos limitamos a recontar votos y elecciones.

Con los tiempos que corren, renovar las prácticas políticas no es una cuestión de estilo. Es una condición de supervivencia como trabajadores y como pueblos.

Algunas propuestas de acción

El debate sobre la renovación de las prácticas políticas no puede quedarse en el plano teórico. Aquí van algunas líneas de actuación concretas para quienes quieren contribuir a ese cambio:

  • Abrir los procesos internos de verdad. Tanto IU como Podemos han reconocido públicamente la necesidad de incorporar a jóvenes y nuevas personas. Pero reconocerlo no basta: hay que crear asambleas de barrio y territoriales con orden del día transparente, actas públicas y mecanismos reales de incorporación de quien llega por primera vez. La puerta de entrada a la militancia no puede seguir siendo una reunión cerrada donde ya se sabe de antemano lo que se va a decidir.
  • Apostar por la facilitación como práctica política cotidiana. Las técnicas de facilitación horizontal —ya experimentadas en algunos movimientos sociales— permiten superar el dominio de los que más hablan y los equilibrios de poder informales que ahogan la participación real. Formarse en facilitación es tan político como formarse en análisis económico.
  • Construir convergencia desde las luchas concretas, no desde los acuerdos de cúpula. Para ello, es necesario volver a los comités y coordinadoras en torno a problemas concretos. La unidad que dura no se negocia entre direcciones a contrarreloj antes de unas elecciones: se construye en la acción compartida frente al desahucio, en la defensa del barrio inundado, en la campaña por el comedor escolar gratuito. Que cada organización local se pregunte con qué otras fuerzas comparte ya el trabajo en el territorio, y que empiece por ahí. La experiencia de los CLER (Comités Locales de Emergencia y Reconstrucción) puede resultar valiosa en ese sentido.
  • Crear espacios multigeneracionales, tanto físicos como virtuales, que no sean tutelados por ninguna sigla. La juventud no necesita que se le explique la política: necesita espacios donde ejercerla con autonomía real y donde su palabra tenga el mismo peso que la de quien lleva veinte años en la organización. Eso implica ceder protagonismo, no solo invitar.
inforenovapoliti

Referencias

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