En pocos días, han aparecido en los medios de comunicación diversos artículos tratando la crisis interna del PCE (a su vez dentro de IU y de Sumar) y del próximo Congreso que la dirección ha prometido convocar a partir de junio de este año 2026. Sin duda, la crisis señalada por “Hay partido”, “Encrucijada estratégica del PCE”, “Un debate que no puede quedarse en casa”, “El partido comunista que necesita la clase trabajadora” o “Dilema en el PCE” resulta bastante contrastada, y también la necesidad de una alternativa basada en un cambio de dirección y de orientación política.
Donde quizás no haya la misma coincidencia es en si estos cambios necesarios deben de circunscribirse solamente al proceso congresual (cuando se convoque por la actual dirección), o bien comenzar a plantearse ya -como aquí proponemos-, e incluir en el proceso a toda la militancia y a las organizaciones afines, como mejor forma de responder a las urgencias que la coyuntura actual impone a la clase trabajadora y los pueblos del mundo, así como para mejor sortear los juegos congresuales de mayorías y minorías “delegadas” que han conducido a donde estamos ahora.
Cuarenta años de reformismo son demasiados.
El Partido Comunista de España se acerca a su XXII Congreso sometido a una contradicción estructural que lleva casi 10 años sin resolverse y que aún se remonta más atrás. Porque, en 2017, el XX Congreso del PCE aprobó el retorno programático al marxismo-leninismo tras décadas de eurocomunismo y de “acatamiento constitucional”. Sin embargo, la práctica política seguida desde el XX Congreso por la dirección de Enrique Santiago y su incorporación al Gobierno de Coalición con el PSOE, ha sido marcadamente oportunista. Ha seguido una política más comprometida con la estabilidad institucional de la monarquía parlamentaria heredada del franquismo que con su superación, en virtud de la excusa del «malmenorismo» (impedir que gobierne la derechona). Es este abismo entre programa, discurso y praxis política, agrandado tras el XXI Congreso, lo que ha provocado y provoca la crisis de legitimidad que hoy fractura la organización y amenaza incluso con liquidarla.
La tabla que sigue resume en términos generales lo que el XX Congreso mandató en 2017 y lo que la dirección mayoritaria ha ejecutado realmente desde entonces.
| Área estratégica | Mandato del XX Congreso | Realidad de ejecución |
| Soberanía y UE | La UE y el euro declarados herramientas del capital e irreformables | Acatamiento de los marcos de Bruselas; ejecutivo subordinado a las directrices comunitarias |
| Geopolítica y paz | Oposición frontal al imperialismo y a la dependencia de la OTAN | Apoyo presupuestario a envíos militares a Ucrania y silencio cómplice ante el genocidio en Gaza |
| Deuda soberana | Declaración de impago de la deuda ilegítima; recuperación de instrumentos monetarios | Gestión institucional de la deuda sin cuestionar ningún mecanismo de dependencia financiera |
| Derechos laborales | Derogación íntegra de las reformas laborales de Zapatero y Rajoy | Incumplimiento del acuerdo de coalición; mantenimiento de la estructura lesiva de 2012 |
| Reforma agraria | Expropiación a terratenientes: «la tierra para quien la trabaja» | Abandono total; ninguna iniciativa contra la concentración latifundista |
| Ruptura democrática | Superación de la Monarquía, los privilegios de la Iglesia y el aparato franquista | Consolidación del régimen del 78 y mantenimiento de la paz social con la oligarquía |
| Sindicalismo | Recuperación del sindicalismo revolucionario y combativo | Desplazamiento hacia el sindicalismo de pacto social; fragmentación del movimiento obrero |
| Libertades civiles | Derogación de la Ley Mordaza como instrumento represivo | Incumplimiento; la normativa restrictiva sigue vigente |
Ciertamente, estos incumplimientos no pueden considerarse meras «desviaciones tácticas», obligadas por la aritmética parlamentaria. Constituyen una demolición sistemática de la línea política del Partido como partido de clase y frente a su propia base social. La “gestión de lo posible” dentro del Gobierno de coalición ha mutado el programa político que se aprobó mayoritariamente en una retórica ornamental y servido, en la práctica, como un apaciguador de la lucha de clases.
Para garantizar la continuidad de esta política reformista y oportunista, el XXI Congreso fue orquestado por la dirección de Enrique Santiago con un férreo y antidemocrático control sobre la organización y el libre debate, como muestran las medidas impuestas de: reducción de las sesiones de tres a dos días con acortamiento generalizado de turnos de intervención, supresión de invitaciones a fuerzas sindicales y delegaciones internacionales, modificaciones estatutarias impuestas por las federaciones de Andalucía y el País Vasco para blindar el Comité Central frente a voces territoriales críticas, o el hostigamiento hacia las Juventudes Comunistas que forzó su salida del congreso al impedir el debate de sus enmiendas.
El resultado de este congreso —267 votos para Enrique Santiago frente a 226 para la lista de Alberto Cubero— expresó una mayoría muy frágil: 54% contra 46%. Pero el dato que mejor revela la debilidad real del aparato dentro del propio Comité Central es otro: la lista oficialista acumuló 297 avales previos y solo obtuvo 267 votos, de modo que treinta delegados con aval oficialista votaron contra la dirección en el momento de la verdad. Treinta votos que apuntan que en el partido, entre sus cuadros dirigentes, además de la mayoría y la minoría casi equidistantes tiene un «centro fluido» o “burocracia orgánica» que en cualquier momento podría bascular en uno u otro sentido en función de intereses particulares, y al hacerlo comprometer los futuros resultados del próximo XXII Congreso.
Cinco ejes para REFUNDAR el PCE
La lucha por el XXII Congreso no puede reducirse a la disputa por la composición del Comité Central. Para que una alternativa política se consolide e integre un programa político y una dirección distintas, sería necesario articular una estrategia en al menos cinco frentes:
1.- Coherencia anti-imperialista. El PCE integra un Gobierno que financia militarmente al gobierno de Zelensky con presupuestos públicos. La permanencia en el Ejecutivo se ha convertido en la prioridad real, por encima de cualquier tesis de paz y neutralidad aprobada en congreso. La base debe exigir que los recursos de comunicación del Partido dejen de «limpiar» la imagen gubernamental y empiecen a denunciar el belicismo que el propio Gobierno sostiene.
2.- Auditoría agraria y sindical. Desde el XX Congreso no existe ninguna iniciativa legislativa ni de agitación en materia de expropiación de tierras. El Partido ha aceptado tácitamente la estructura de propiedad latifundista para no romper la paz social con el PSOE. La reconexión con el campesinado y el precariado rural exige recuperar la exigencia de reforma agraria como práctica concreta, no como cita programática.
3.- Soberanía económica frente a la UE. El mandato de impago de la deuda ilegítima ha sido ignorado en cada uno de los presupuestos del Gobierno apoyados por el PCE. La pedagogía económica rupturista ha desaparecido del discurso público del Partido. La recuperación de ese vector pasa por una auditoría ciudadana de la deuda que parta de las agrupaciones de base y ponga en evidencia la complicidad con los mecanismos de dependencia financiera externa.
4.- Democratización estatutaria. Los cambios reglamentarios impuestos en el XXI Congreso que excluyeron a organizaciones territoriales críticas del Comité Central son incompatibles con cualquier noción de centralismo democrático. La respuesta debe ser la presentación sistemática de mociones de proporcionalidad directa en los consejos territoriales para obligar a la dirección a retratarse sobre el alcance real de su democracia interna.
5.- Formación de cuadros. Sin militantes con profundidad teórica, cualquier victoria congresual producirá solo un relevo de burócratas. La formación sistemática en marxismo-leninismo es la condición sine qua non para que los cambios orgánicos tengan contenido real.
Una militancia formada es el único antídoto contra el oportunismo de los cuadros intermedios y superiores. La formación genera la masa crítica capaz de exigir y sostener la democratización estructural interna, además de fortalecer y potenciar la movilización social.
El PCE solo tiene sentido histórico si sirve a la emancipación de su pueblo. No como gesto retórico, sino como práctica política que abandona los despachos ministeriales para volver a los centros de trabajo, a las comunidades en lucha, al conflicto agrario, a la resistencia frente a los desahucios y al precariado sin voz en las instituciones. La recuperación de la dignidad de la organización depende de que la militancia, armada con crítica y autocrítica documentada, avance hacia el XXII Congreso y pueda forjar una dirección capaz de liderar la lucha de clases sin vacilaciones.
Qué puede hacer la militancia ahora mismo, sin esperar al XXII congreso
El XXII Congreso no es un horizonte lejano al que diferir la acción. Es el punto de llegada de un proceso que ya ha comenzado y que se gana o se pierde en el trabajo cotidiano de las agrupaciones o núcleos, en cada asamblea de sección, en cada sindicato, en cada barrio donde el Partido tiene presencia. Esperar al congreso para actuar es cederle el terreno a la dirección, que sí trabaja todos los días para consolidar su posición y continuidad.
La primera palanca es la recuperación de los núcleos como espacio político real. La cultura del aparatismo ha convertido muchas organizaciones en oficinas de gestión electoral, en agencias de convocatorias de otras entidades y/o en correas de transmisión de instrucciones de la dirección, alrededor de determinadas campañas. Romper esa dinámica empieza por exigir que el orden del día de cada reunión comunista incluya un análisis político de la situación concreta y las acciones a desarrollar en consonancia. Un núcleo que no debata la línea política y las acciones a desarrollar en su entorno no puede considerarse una organización militante.
La segunda es la construcción de redes horizontales entre la militancia crítica. El aparato funciona verticalmente: controla los recursos, los canales de comunicación y los nombramientos. La militancia crítica solo puede contrarrestar esa ventaja mediante la coordinación horizontal entre núcleos, federaciones y organizaciones sectoriales que compartan el diagnóstico y los objetivos.
La tercera puede ser la petición de cuentas a los cargos institucionales. El PCE tiene alcaldes, concejales, diputados autonómicos y cargos en el Gobierno central. La militancia tiene la obligación de exigirles rendición de cuentas programática: ¿qué han hecho sobre la reforma agraria en su territorio? ¿Qué posición han tomado públicamente sobre los envíos de armas? La rendición de cuentas no puede esperar al congreso. Cuando un cargo institucional vota algo incompatible con el programa congresual, la agrupación de su territorio tiene instrumentos estatutarios para exigir explicaciones. Utilizarlos es hacer política, no crear conflicto.
La cuarta sería la reconexión sindical y social desde la base. Los colectivos de trabajadores precarios, las plataformas de afectados por la especulación inmobiliaria, las organizaciones de jornaleros del campo, los movimientos antidesahucios: todos ellos son el espacio natural de influencia de un partido comunista. Ningún congreso puede ordenar esa reconexión si la militancia no la construye antes en el territorio. La credibilidad política no se decreta: se acumula en el trabajo de meses.
La quinta es la producción y difusión de análisis políticos propios. La dirección controla los medios oficiales del Partido. Frente a eso, la militancia crítica tiene la obligación de generar su propia producción: documentos de análisis, boletines informativos, artículos en medios externos, materiales de formación que circulen por canales independientes del Comité Central. Los materiales que se produzcan ahora son los que mejorarán el debate previo al congreso.
La sexta, y la más urgente, es la formación política. Una militancia sin formación teórica sólida puede ser cooptada o desorientada por el aparato en cualquier momento. Es crucial, como comunista, no dejarse engañar por la propaganda oficial sobre las virtudes del gobierno Sánchez-Díaz. Además, difícilmente se puede ser militante y actuar en consecuencia si no se conoce la línea política del partido, tan ampliamente incumplida, así como el funcionamiento estatutario de la organización.
Finalmente, como militantes también hay que producir y difundir análisis propios; escribir en medios externos; apoyar la prensa crítica de la izquierda transformadora. El monopolio de la dirección sobre el relato no es inevitable.
