Dilema en el PCE: ¿gestor del régimen o partido de clase?.

Diseño por IA debate entre comunistas

El Partido Comunista de España vive un momento decisivo. No es solo una cuestión de imagen ni de “relato”, sino el resultado de una orientación política que durante años ha tendido a adaptarse al marco del régimen del 78 y a la gestión del capitalismo. El reciente artículo de Julio Casas “Encrucijada estratégica del PCE”, señala bien algunos elementos de esta situación, pero se queda corto a la hora de concretar responsabilidades y de plantear alternativas. Seguidamente lo analizaremos buscando potenciar un debate necesario en el movimiento comunista, ya iniciado con nuestra entrada anterior sobre el XXII Congreso del PCE que, a su vez, intenta hacer aportaciones a otro artículo (pre-congresual) de dirigentes del sector crítico del PCE: “Hay partido”.


Un marco de crisis y desorientación

Ciertamente, la coyuntura internacional está marcada por el aumento de conflictos armados, el choque entre bloques geopolíticos y la normalización de la guerra como herramienta para reordenar el mundo. Esto se combina con una sensación generalizada de que el futuro no garantiza ni estabilidad ni mejora material para la mayoría social. En el Estado español, la clase trabajadora vive una suma de problemas que se refuerzan entre sí: precariedad laboral, salarios estancados, crisis de la vivienda, subida de precios o deterioro de los servicios públicos.

El camarada Julio Casas describe bien este escenario y la extensión de una lógica de mera supervivencia cotidiana. Y mientras que la ultraderecha crece sobre ese escenario, sabiendo canalizar el descontento mediante un discurso simplificador pero apoyado en malestares reales, la izquierda sigue fuera de juego. Reducir su falta de avance a un “fallo comunicativo” sería peor que un error, porque hay una distancia evidente entre las expectativas generadas y las respuestas ofrecidas a la población trabajadora.

Gobierno de coalición y “peajes” asumidos

El artículo de Julio Casas apunta que el gobierno de coalición ha dejado un balance ambiguo: algunos avances parciales, muchas promesas no cumplidas y una brecha entre el discurso y la práctica. Una brecha que  ha contribuido a desgastar la credibilidad del conjunto de la izquierda y a reforzar la idea de que los límites institucionales se imponen siempre sobre cualquier proyecto de cambio.

Sin embargo, el artículo no profundiza en el papel concreto del PCE en esta dinámica. La participación en el Ejecutivo ha ido desplazando una posición de apoyo crítico hacia una práctica de subordinación que ha reducido su autonomía política. La centralidad otorgada a la acción en el Consejo de Ministros y en los aledaños del poder han dejado en segundo plano la organización por “núcleos” en centros de trabajo, barrios y movimientos sociales para impulsar la movilización.

El resultado es un partido cada vez más identificado con la gestión del “mal menor”, renunciando a ser un  instrumento de la clase trabajadora para cuestionar las relaciones de poder existentes. El propio artículo reconoce que la política se ha “circunscrito a la gestión de lo existente”, pero no termina de extraer las consecuencias principales (“estratégicas”) que se derivan de ese reconocimiento.

Relación con el PSOE y dilución de identidad

Otro punto que el artículo señala, aunque de forma implícita, es la relación con el Partido Socialista. La experiencia demuestra que la estrategia de “influir desde dentro” tiene límites claros: el PSOE tiene una gran capacidad para absorber propuestas, adaptarlas a los márgenes del sistema y rebajar su alcance. El problema no es solo que se frenen medidas, sino que el PCE ve diluido su perfil propio. La militancia y los sectores sociales que miran al partido encuentran dificultades para distinguirlo de una izquierda genérica integrada en la lógica gubernamental. El artículo habla de “dilución” y “subordinación”, pero sin nombrar de forma nítida la necesidad de independencia de clase frente al PSOE y las instituciones configuradas por la constitución del 78.

Del mismo modo, en el plano internacional, el texto recoge la ambivalencia de la política exterior del Estado español: algunos gestos de diferenciación, pero en general alineamiento con la estrategia de Estados Unidos y de la Unión Europea. Cita como ejemplo el apoyo a la continuidad de la guerra en Ucrania, sin cuestionamiento real de sus costes humanos. Pero aquí también falta un paso más. No se aborda a fondo la responsabilidad del espacio político donde se ubica el PCE en la aceptación del marco de la OTAN (recuérdese por ejemplo la declaración del Secretario Enrique Santiago diciendo que mientras sigamos vinculados por la firma del tratado del atlántico norte…), ni se conecta esta política con otros escenarios como Palestina. Sin una ruptura clara con esa arquitectura militar y económica, la palabra “paz” corre el riesgo de quedar vacía.

El artículo igualmente  insiste en la necesidad de “fortalecer los movimientos sociales”, “organizar a la clase trabajadora” y construir “poder popular”. Son formulaciones difícilmente cuestionables de principio, pero que quedan demasiado generales si no se acompañan de una propuesta organizativa concreta. La cuestión clave es cómo se traduce eso en práctica diaria: presencia en sectores estratégicos, comités de empresa, secciones sindicales, plataformas de vivienda, espacios de defensa de los servicios públicos y de lucha contra la carestía. Sin esa inserción real, la idea de poder popular se queda en un horizonte deseable pero difuso.

Hacia una salida de clase para el PCE

Más allá del artículo de Julio Casas, en consecuencia, si aceptamos que el contexto es de crisis del modelo y de desgaste de la izquierda institucional, la encrucijada del PCE no se resolverá con ajustes cosméticos o solo cambiando las correlaciones internas entre oficialistas y críticos, ni con nuevos pactos electorales desde Izquierda Unida. Lo que está en juego es si el partido quiere seguir atrapado en la lógica de la gestión del régimen o si apuesta por reconstruirse como un partido de clase independiente. Eso último implica, al menos, tres cambios de fondo:

Un PCE que no se distinga nítidamente de la izquierda de gestión acabará siendo irrelevante, por muchos cargos que pueda mantener. Un PCE que recupere su carácter de organización de lucha y movilización, arraigada en la experiencia cotidiana de la mayoría trabajadora, puede convertir esta crisis en una oportunidad histórica para reconstruir un proyecto comunista útil en el nuevo ciclo histórico.

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