Cuba por siempre.

Dibujo de archivo sobre la isla de Cuba y la revolución socialista

Siguiendo la línea de destacar aquellos aspectos importantes que no suelen incluir los medios, a continuación sintetizamos los argumentos centrales de un artículo de Veloz Serrade apuntando una realidad dolorosa y muy silenciada sobre Cuba y el multipolarismo, la izquierda progresista, las limitaciones de la ayuda humanitaria (nunca cuestionar) o el paralelismo con la República española, y la conclusión sin eufemismos sobre las cuatro únicas opciones reales.

Cuba: el bloqueo que el mundo prefiere no ver.

Lo que vive hoy Cuba no es una crisis fortuita. Es el punto de convergencia de dos realidades simultáneas: la guerra económica más larga de la historia moderna, el bloqueo estadounidense acumulado durante más de seis décadas, y el abandono progresivo de los actores que deberían equilibrar la balanza. Llamarlo de otra manera es aceptar el relato del agresor.

El análisis que desarrolla Josué Veloz Serrade en La Tizza e Insurgente articula con precisión lo que muchos prefieren no nombrar: el multilateralismo que se proclama en los foros internacionales es, en la práctica, un multilateralismo de mínimos, retórico, incapaz de traducirse en acciones concretas cuando el coste político sube.

El abandono que no se declara.

Rusia y China llevan años repitiendo en todos los foros que quieren un mundo multipolar, el fin de la unipolaridad, el respeto a la soberanía de los pueblos. Sin embargo, su apoyo real a Cuba se ha reducido a declaraciones, votos en la ONU y aprovisionamiento puntual. No envían el petróleo necesario. No habilitan líneas de crédito que esquiven las sanciones secundarias. No escoltan con sus buques los suministros hacia la isla.

La demanda es lo que se dice; el deseo es lo que revelan los actos. Y los actos de Rusia y China revelan que su horizonte real no es la transformación del orden mundial, sino la negociación de un lugar más cómodo dentro de él.

Atrapadas en sus propios conflictos de desgaste —Ucrania para Moscú, Taiwán y el mar de China Meridional para Pekín—, ambas potencias han adoptado una postura defensiva que normaliza el abandono. Cada vez que el orden hegemónico destruye un eslabón sin coste, ese orden sale fortalecido. El mensaje que se envía al Sur Global es inequívoco: si no tienes petróleo o una posición geográfica vital para nosotros, no esperes nada.

El progresismo latinoamericano y los abrazos vacíos.

La postura de Brasil y Colombia resulta especialmente reveladora. Lula da Silva y Gustavo Petro, cuyo capital político se construyó sobre la narrativa de la transformación social y la soberanía regional, han optado por declaraciones de apoyo moral y llamados al diálogo que no modifican en nada las condiciones materiales del bloqueo. Las sanciones financieras permanecen. Las listas de países patrocinadores del terrorismo permanecen. La asfixia permanece.

Lo que no terminan de comprender es que su propia supervivencia a largo plazo depende de la existencia de un ecosistema regional soberano. Si Estados Unidos sigue inclinando la balanza a su favor —con su política de sanciones, su dominio del FMI, su control histórico de la OEA— ¿con quién contarán cuando la marea reaccionaria les alcance a ellos? El propio Lula reconoció hace poco que podrían ser invadidos en cualquier momento. La respuesta lógica sería reforzar la retaguardia colectiva, no quemarla.

El caso de Venezuela es el más doloroso. El régimen de sanciones extremas ha logrado su objetivo: condicionar al Estado venezolano, obligarlo a negociar en condiciones de inferioridad y reducir su capacidad de proyección internacional. Si el imperio pudo con el país de las mayores reservas de petróleo del mundo, ¿qué lección extraen los demás gobiernos de la región? Los que no extraen la conclusión correcta negocian por separado y caen uno tras otro.

La trampa del «Estado fallido».

El dispositivo ideológico más perverso de esta operación es la inversión de la causalidad. A un Estado al que se le niega la posibilidad de importar alimentos, medicinas y combustible; al que se bloquean sus finanzas internacionales; al que se impide acceder a créditos; al que se somete a una guerra mediática permanente: ese Estado tendrá, por definición, enormes dificultades para funcionar con normalidad. Y entonces el coro imperial y sus altavoces locales concluyen: miren, es un Estado fallido, el socialismo no funciona.

Se le atan las manos al sujeto, se le golpea durante horas, y luego se le acusa de no poder defenderse. Se presenta como fracaso interno lo que es resultado de una agresión externa.

La evidencia contradice el relato: un Estado fallido de verdad no resiste 65 años de bloqueo. No mantiene una tasa de mortalidad infantil más baja que la de Estados Unidos. No forma médicos que trabajan en decenas de países. No desarrolla vacunas propias. Lo que el imperio llama Estado fallido es un Estado agredido que se niega a morir. Y esa insistencia es precisamente lo que resulta intolerable: Cuba no fracasa, Cuba insiste. Y esa insistencia es la razón profunda de la furia imperial.

La metodología del asedio: negociar, ahogar, culpar.

El libreto estadounidense frente a los Estados soberanos que no capitulan tiene una lógica invariable, documentada en décadas de historia. Primero, la mesa del diálogo como trampa: se negocia no para llegar a acuerdos sino para ganar tiempo mientras se aplican sanciones, se fortalece la oposición interna y se prepara el terreno. Segundo, la exigencia de concesiones unilaterales: cuanto más cede la parte débil, más se le exige; la negociación se convierte en un proceso de vaciamiento progresivo de la soberanía. Tercero, cuando el diálogo no produce rendición, viene la agresión directa: invasión —Panamá, Granada, Irak—, golpe de Estado —Honduras 2009, Bolivia 2019—, o destrucción económica sistemática —Cuba, Venezuela, Irán—.

Quienes, con buena fe, instan a Cuba a negociar con Washington sin haber roto antes el cerco energético y financiero, ignoran esa estructura. No se negocia desde la dignidad cuando se tiene el agua al cuello. Se acepta cualquier cláusula por una bocanada de aire.

La ayuda humanitaria no cierra el boquete.

Los envíos de alimentos, medicinas y generadores que llegan a Cuba son vitales para aliviar el sufrimiento inmediato. Pero en términos políticos funcionan como paliativos que corren el riesgo de despolitizar la crisis. El bloqueo es un mecanismo de desgaste diseñado para provocar una implosión desde adentro. Ofrecer ayuda humanitaria sin romper el cerco financiero y energético es bombear agua de un barco que sigue teniendo el boquete abierto. El boquete es permanente; el bombeo, agotador.

Cada hora sin electricidad, cada fila para conseguir alimentos, cada médico sin insumos es una lección que el poder imparte sobre el coste de resistir. La mayor crueldad del bloqueo no es su fuerza, es su lentitud.

Lo que la historia enseña y el mundo prefiere olvidar.

La República española es el precedente más exacto. Combatía el fascismo, pero las democracias occidentales —Francia y Reino Unido principalmente— firmaron el Comité de No Intervención mientras Alemania e Italia enviaban tropas, aviones y artillería a Franco. Estados Unidos promovió el embargo de armas. La no intervención fue el nombre elegante para la complicidad. La República fue abandonada, asfixiada y finalmente derrotada. El resultado: cuarenta años de dictadura. Pero el mundo pagó un precio mayor: la impunidad con que triunfó el fascismo en España alentó al nazismo y contribuyó al inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy algunos gobiernos progresistas practican la misma no intervención frente a Cuba, mientras el imperio ejerce su intervención permanente a través del bloqueo. El olvido no es pasivo; es un acto que permite repetir.

No hay metáforas: es el petróleo o la asfixia.

Las opciones reales que le han dejado a Cuba se reducen a cuatro.

  • La negociación en condiciones de asfixia, que equivale a la rendición condicionada.
  • La resistencia heroica pero solitaria, viable cuando existía un campo socialista que sostenía el flujo de recursos, hoy limitada por la realidad material.
  • La implosión inducida, que es la trampa que el imperio diseña como escenario deseado.
  • Y la cuarta: que quienes dicen apoyarla pasen de las palabras a los hechos. Que envíen el petróleo necesario. Que pongan los buques. Que escolten los suministros. Que rompan el cerco financiero con mecanismos concretos.

La pregunta no es para Cuba. Cuba ya ha dado su respuesta con 67 años de Revolución. La pregunta es para quienes tienen petróleo, buques y votos en la ONU y los retienen. ¿Del lado de quién están?

Al abandonar a Cuba no evitan su propio final; solo lo aplazan y se aseguran de enfrentarlo en la más absoluta soledad. El Amo, cuando termina con el hermano, no firma la paz con los que miraron. Los incorpora a la lista de los siguientes. Siempre necesita nuevas víctimas para legitimar su existencia.

La solidaridad no es un lujo moral reservado para los tiempos buenos. Es una necesidad estratégica. Y mientras un pueblo sea capaz de decir no aunque le cueste la vida, el orden que pretende ser el único posible seguirá teniendo una grieta. Cuba es esa grieta. Por eso hay que destruirla. Y por eso hay que defenderla.

Fuentes:

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