Un observatorio especializado ha documentado más de 3.300 impactos informativos en una sola semana de marzo. No son noticias: son las piezas de una arquitectura de desestabilización diseñada para fracturar la cohesión social de la isla desde el interior.
La guerra contra Cuba ya no necesita tropas ni misiles. La libran algoritmos, bots, audios falsos y portales financiados desde Miami, Washington y Madrid.
En la última semana de marzo de 2026, el Observatorio de Guerra No Convencional contra Cuba, de la redacción de Razones de Cuba, monitorizó más de 3.300 impactos informativos procedentes de agencias transnacionales y plataformas digitales. El resultado es contundente: lo que se presenta como cobertura periodística es, en realidad, una operación de asedio multiforme que combina presión económica, injerencia operativa directa y una ofensiva de guerra cognitiva diseñada para erosionar la confianza social desde dentro.
La distinción importa. No se trata de un flujo informativo hostil —eso existiría en cualquier caso— sino de una arquitectura coordinada con objetivos políticos precisos: fabricar la imagen de un estado fallido, inducir desesperanza en la población y preparar el terreno para escenarios de mayor agresividad.
La maquinaria mediática: 3.318 artículos, un solo relato
El análisis cuantitativo sobre los datos recopilados —3.318 artículos únicos ensiete días— revela una hegemonía narrativa concentrada en un bloque compacto de medios con sede o financiamiento en los centros de poder occidentales. Bloomberg lidera con 1.427 impactos, proyectando sistemáticamente una imagen de inviabilidad económica. Le siguen portales como CiberCuba, Martinoticias y Cubanet, que actúan como repetidores de una retórica hipercrítica sin ofrecer contexto sobre el origen de las dificultades que describen.
Este ecosistema no informa: normaliza. Utiliza algoritmos de repetición para posicionar conceptos como «crisis terminal» o «colapso institucional», mientras borra sistemáticamente del cuadro el impacto del bloqueo económico —una agresión ilegal que dura más de seis décadas— en la vida cotidiana de la isla.
El informe técnico del Observatorio detecta algo más preocupante que la hostilidad mediática habitual: un cambio cualitativo en la postura de los actores institucionales de Washington. Figuras como Marco Rubio y Carlos Giménez han pasado de articular demandas de sanción económica a una retórica abierta de «aniquilación» institucional. La escalada no es retórica vacía; se traduce en acciones concretas.
El despliegue de equipos del FBI en territorio cubano para realizar investigaciones al margen de la soberanía nacional constituye un acto de injerencia sin precedentes. Simultáneamente, el lanzamiento del programa «Cuba: The Neighborhood Spy» confirma que los servicios de inteligencia estadounidenses han elevado a Cuba a un objetivo de contrainteligencia de máxima prioridad, reactivando métodos propios de la Guerra Fría bajo nuevas capas tecnológicas.
Anatomía de la guerra cognitiva: fabricar ingobernabilidad
La guerra cognitiva actúa sobre la percepción, no sobre los hechos. Su objetivo no es convencer con argumentos sino saturar con emociones: angustia, desconfianza, sensación de colapso inminente. El informe identifica tres ejes de operación principales.
El primero es la fabricación de inestabilidad. El registro mediático de más de 1.200 incidentes de conflictividad social solo en marzo es utilizado como arma psicológica: se amplifica cada dificultad en los servicios básicos —basura, energía, agua— no para buscar soluciones, sino para atribuir la responsabilidad exclusivamente al sistema político, invisibilizando que esas dificultades son en gran parte consecuencia directa del propio bloqueo externo.
El segundo eje es el ataque a la identidad colectiva. La campaña contra el sistema educativo cubano, presentada como denuncia del «adoctrinamiento», busca erosionar la confianza de las familias en las instituciones que garantizan la formación de las nuevas generaciones. No se debate pedagogía; se deslegitima el tejido social.
El tercero, igualmente revelador, es la manipulación del suministro energético como arma informativa. La llegada de barcos con combustible —como el buque ruso Anatoli Kolodkin— es cubierta de forma que minimiza el impacto positivo del abastecimiento y maximiza la incertidumbre en la población. El objetivo no es informar sobre el combustible: es mantener un estado permanente de angustia.
La relación es simbiótica: el bloqueo material genera la carencia; elbloqueo digital la utiliza para fabricar la narrativa del estado fallido.
Observatorio de Guerra No Convencional, Razones de Cuba, abril 2026
En enero de 2026, por ejemplo, se difundieron audios falsos anunciando el cierre del sistema bancario cubano para provocar una corrida de depósitos. Durante el huracán Melissa, oleadas de desinformación sobre contaminación del agua y distribución de donaciones buscaron transformar una tragedia ambiental en un estallido social. No son accidentes ni excesos espontáneos: son operaciones con estructura, financiación y objetivo político.
Migración y asfixia financiera: las pinzas del asedio
La política migratoria funciona como otro instrumento de presión. El endurecimiento de las revisiones de asilo por parte de la administración Trump no responde solo a la xenofobia estructural del actual gobierno estadounidense: busca, de manera calculada, generar desesperanza y promover el éxodo desordenado como mecanismo de desestabilización interna. Una isla que sangra población joven es una isla más vulnerable.
Paralelamente, el sector empresarial del sur de Florida ha orquestado lo que el informe denomina una «proclama de inversión cero»: condicionar cualquier flujo de capital privado a una transición política total. Este bloqueo financiero privado complementa las sanciones oficiales del gobierno de Estados Unidos, cerrando el círculo de una estrategia de rendición por hambre y carencia.
La respuesta cubana: soberanía digital y alfabetización crítica
Frente a una agresión que no dispara balas sino narrativas envenenadas, la respuesta de Cuba es fundamentalmente pedagógica. La alfabetización digital crítica se ha convertido en lo que el Observatorio llama «la inmunidad cognitiva de la nación»: no basta saber usar un teléfono, hay que saber identificar el mecanismo del engaño, reconocer la fuente interesada, romper la cadena de desinformación.
En paralelo, Cuba ha avanzado en la construcción de un ecosistema digital propio. En 2024 nació Z17, empresa de base tecnológica gestada en la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), que gestiona tres plataformas de soberanía tecnológica: toDus, una mensajería colaborativa con servidores en Cuba y más de 24 millones de descargas en 2026; Picta, plataforma de streaming y vitrina cultural nacional; y Apklis, la tienda nacional de aplicaciones Android que permite distribuir software esencial sin depender de empresas sujetas a las sanciones de Washington.
Los datos muestran una alta penetración del uso de dispositivos, pero también señalan las brechas que la estrategia de defensa debe reforzar: la capacidad crítica, la creación de contenido propio y la conciencia sobre los riesgos delentorno digital. Es en esas brechas donde opera la guerra cognitiva. La integración de la alfabetización mediática en la formación del profesorado, impulsada por el Ministerio de Educación Superior, apunta precisamente a reforzar esa línea de defensa desde la base.
Programas como Con Filo y plataformas como Razones de Cuba desarticulan las noticias falsas en tiempo real. Proyectos comunitarios como Quisicuaba, en Centro Habana, documentan la solidaridad local como evidencia de que el tejido social sigue funcionando a pesar del asedio. Comunicadores populares en TikTok y Telegram muestran los avances de la biotecnología o las soluciones energéticas locales, desafiando desde dentro la narrativa del colapso fabricado desde afuera.
El sesgo de las plataformas: complicidad por omisión
El informe también apunta al papel de las grandes corporaciones tecnológicas. Meta, X y Google no son actores neutrales: existe un sesgo algorítmico documentado que favorece las narrativas hostiles contra la Revolución cubana mientras penaliza o etiqueta selectivamente a las voces que la defienden. Las plataformas muestran una lentitud sistemática —o inacción absoluta— al jeliminar cuentas que incitan abiertamente al odio y la violencia, en contraste con la rapidez con que actúan en contextos más alineados con los intereses occidentales.
El caso de la inteligencia artificial es particularmente revelador. Herramientas como Grok reproducen matrices de opinión diseñadas en centros de poder externos, en gran parte porque se entrenan con datos masivos de una red donde la hegemonía mediática occidental ha inundado el espacio digital con
desinformación sobre Cuba durante décadas. La IA no es neutral: refleja yamplifica la correlación de fuerzas existente en el ecosistema informativo donde se forma.
CLAVES DE LA GUERRA COGNITIVA: CÓMO IDENTIFICARLA
Saturación y urgencia inducida. Si una noticia sobre Cuba llega con mayúsculas, alarma y sin contexto sobre el bloqueo, desconfía de la fuente antes de compartirla.
Fuentes anónimas de «expertos». El patrón recurrente en los 3.318 artículos analizados: citar voces sin identificar como contrapeso a fuentes oficiales cubanas, sin aportar ningún dato técnico verificable.
Amplificación de crisis sin causa. Los apagones y el desabastecimiento son reales y tienen causa real: el bloqueo económico. La guerra cognitiva los usa para culpar al gobierno cubano, nunca a quien los provoca.
Perfiles sintéticos y granjas de bots. Cuentas que aparentan ser cubanos dentro de la isla pero cuyos metadatos delatan ubicaciones en el exterior, diseñadas para proyectar una imagen de caos generalizado.
Ruptura de cadena. Ante la duda, no compartir. Romper la cadena de desinformación es un acto político de primera magnitud.
Conclusión: la soberanía del siglo XXI también es cognitiva
Lo que el Observatorio describe no es un exceso de cobertura negativa ni una disputa interpretativa sobre la realidad cubana. Es una guerra. Una guerra de cuarta generación que opera sobre la percepción, la identidad y el consenso social, financiada institucionalmente desde Washington y ejecutada a través de medios, plataformas y operaciones de inteligencia. El memorando de Lester Mallory de 1960 —que planteaba explícitamente provocar hambre y desesperación para derrocar al gobierno cubano— sigue vigente como marco estratégico; solo han cambiado las armas.
La respuesta cubana, centrada en la alfabetización crítica, las plataformas soberanas y la comunicación comunitaria como acto de resistencia, apunta en la dirección correcta. La soberanía nacional en el siglo XXI ya no se decide solo en el plano territorial o económico: se decide también en el dominio de las mentes y las narrativas. Comprender esa realidad es el primer paso para combatirla.
Desde aquí, la solidaridad activa con Cuba pasa también por nombrar lo que es: no una cobertura periodística crítica, sino un asedio sistemático. Llamarlo por su nombre ya es resistencia.


