Más allá del activismo: por una militancia comunista transformadora.

Figuración por IA de un espacio convivencial

En plena ofensiva reaccionaria y agotamiento militante de la izquierda, el filósofo y camarada de Rifondazione Comunista, Rino Malinconico (RM) pública en Comune una propuesta y reflexiones interesantes, criticando frontalmente el “politicismo” (o “activismo”, preferimos decir) y la vieja tradición de militancia en el movimiento obrero que separó entre “nueva sociedad” y “nueva humanidad”. Veamos seguidamente un resumen con aportaciones, aunque siempre es recomendable leer el original (en italiano).

No puede haber revolución si no cambiamos a la vez las estructuras del capitalismo y nuestras propias formas de militancia.

Conviene recordar algo que la izquierda organizada suele relegar a los prefacios: los mundos nuevos empiezan aquí y ahora, con prácticas concretas, atravesadas por límites, derrotas y contradicciones muy reales. No hay una “transición” abstracta a construir en el futuro, sino una lucha presente donde libertad, igualdad y fraternidad deben caminar juntas, también dentro de las propias organizaciones y movimientos donde se está y/o milita.​

Esto difiere claramente de la tradición seguida en el siglo XX, cuando el movimiento obrero y el socialismo realmente existente priorizaron la igualdad, desconfiando en cambio de la libertad y despreciando la fraternidad como cuestiones “secundarias” o “pequeño burguesas”. El resultado lo conocemos: una revolución que prometía una nueva humanidad “después” de la nueva sociedad… y que nunca llegó a producir ni una cosa ni la otra. Por ello, para superar el siglo XX hay que asumir que el sujeto que transforma el mundo debe transformarse a sí mismo desde el inicio mismo del proceso revolucionario.​

El “activismo” o cuando la militancia se te come la vida.

El camarada RM destaca como eje central la crítica al “politicismo”, concepto que toma de Agnes Heller, también filósofa marxista, para referirse a quien vive solo por y para la política. De modo que, mientras se disuelve en la acción, no pierde tiempo para la autorreflexión, el disfrute o la vida íntima. Y como lo principal para esta persona es el acontecer político, termina por no distinguir lo importante de lo secundario.

Esta “hipertrofia del sujeto” (político) genera un déficit de complejidad: como militante es capaz de analizar el mundo, pero incapaz de situar su propia vida práctica en relación compleja con ese mundo. De ahí deriva también una tendencia casi automática a absolutizar sus acciones y relativizar, cuando no despreciar, las prácticas que no se parecen a las suyas, incluso si caminan en la misma dirección anticapitalista.

​Para ilustrar esta orientación, RM expone su experiencia en la larga lucha contra el mega incinerador de Acerra en Italia: cuatro años de ocupaciones, piquetes, bloqueos y presencia física casi total, que reorganizaron toda su vida en torno a un solo conflicto. En ese contexto, para él el Pantano (el lugar del conflicto) era “todo el mundo”, y el resto de luchas y dimensiones de la vida quedaban subordinadas o directamente invisibilizadas. La consecuencia: pérdida del sentido de la medida y dificultad para percibir la riqueza y pluralidad de las prácticas antagonistas.​

Anticapitalismos múltiples, “similares” y no idénticos.

Otra crítica que hace RM es la idea de que solo es anticapitalista lo que se parece a nosotros, comunistas. Su insistencia en que el capitalismo no es una “cosa”, sino una relación social de producción basada en la valorización que atraviesa prácticamente todo en la sociedad. En ese marco, muchas dinámicas que hoy participan de la valorización tienden, de forma episódica y contradictoria, a salirse de la lógica del valor, lo que ocurre cuando ponen en el centro la dignidad, el cuerpo, los afectos, la cultura o el medio ambiente, por ejemplo.

​Aunque sean parciales, ambiguas o incongruentes, esas prácticas forman parte viva del proceso de transformación personal y social. RM recuerda incluso cómo, en la Génova de 2001, sectores religiosos como las Hermanas Ursulinas fueron percibidas como parte del proceso de cambio, lejos del esquematismo clásico que las habría tratado como “útiles idiotas” incorporadas por desconocimiento a la revolución.

Frente a la obsesión por los “iguales” de la militancia del Siglo XX, de lo que se trata es de poder reconocer a los “similares”: sujetos y prácticas diferentes, pero orientados hacia la desmercantilización de la vida.

Hacia una política “convivencial”: lugares acogedores y sujetos en transformación.

Las reflexiones de RM concluyen con una propuesta que interpela directamente a la izquierda militante actual: hay que construir una política “convivencial”, en el sentido etimológico de convivere, vivir con otros.

Eso implica forjar un habitus que rompa con la absolutización del yo militante, refuerce la capacidad de comprensión de experiencias distintas y apueste por la confianza en que todo el mundo puede cambiar en la práctica.

​Cambiar el mundo de hoy significa, sobre todo, crear lugares acogedores. Espacios donde puedan encontrarse personas muy distintas, lejos de la lógica del beneficio, y donde la escucha, el cuidado y el conflicto se trencen sin expulsar a nadie de partida, porque ninguna persona está completamente definida por sus errores, incoherencias u oportunismos: la vida es siempre mucho más que los episodios que la jalonan.​

Aportaciones sobre la militancia actual

El texto de RM contiene, pues, varios puntos fuertes sobre la acción militante necesaria para la transformación social, y personal:

  • Colocar en el centro la unidad entre “nueva sociedad” y “nueva humanidad”, cuestionando el esquema etapista que pospone todo cambio subjetivo al “después” de la toma del poder
  • Rechazar el politicismo (“activismo” le llamamos nosotros) como un hábito militante que reduce la vida a la acción política y empobrece nuestra capacidad de comprender y de vivir otras prácticas emancipadoras.
  • Recuperar la noción de una pluralidad de anticapitalismos, atentos al cuerpo, los afectos, la ecología o la cultura, y no solo a las formas clásicas del movimiento obrero.
  • ​Resaltar la cuestión de los lugares acogedores y de convivencia como parte de la estrategia revolucionaria, no como un mero aditamento o adorno socializante.

Por otra parte, el articulo de RM presenta, inevitablemente, limitaciones y flecos sobre la militancia comunista que seria necesario profundizar. Por ejemplo:

  • La apelación a una política convivencial y a la transformación subjetiva queda en un plano sobre todo normativo: se echan en falta pistas más concretas sobre cómo esto se puede organizar en partidos, sindicatos, movimientos o espacios comunitarios reales.
  • El sujeto militante del que se habla (crítica) aparece muy homogeneizado; habría que cruzar su crítica del politicismo con las diferencias de género, raza, clase, territorio y generación que atraviesan la experiencia militante.
  • El balance histórico del siglo XX es correcto en la crítica a la separación sociedad/humanidad, pero pasa por alto experiencias que intentaron precisamente articular ambas dimensiones (pedagogías revolucionarias, comunas, feminismos socialistas, etc.).
  • La relación entre estas prácticas convivenciales y el problema del poder (Estado, instituciones, organización de clase) apenas se aborda, dejando abierto el vínculo entre revolución subjetiva y estrategia política.

​En cualquier caso, las reflexiones de RM constituyen un recordatorio incómodo pero necesario: 

sin cambiar nuestras formas de vivir, relacionarnos y organizarnos, la revolución se convierte en una promesa vaciada. En tiempos de agotamiento militante y fragmentación de las luchas como los que vivimos, recuperar una actividad política que cuide los cuerpos, la vida cotidiana y los vínculos no es un lujo, sino una condición de posibilidad para cualquier proyecto comunista de emancipación social.

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