El término «fascismo» resuena con fuerza en el debate público actual, utilizado de forma recurrente para describir a los nuevos movimientos de derecha y extrema derecha que ganan terreno en todo el mundo. Desde líderes progresistas o de izquierdas hasta gobiernos autoritarios, la etiqueta se aplica con una facilidad que busca (interesadamente) alertar al electorado sobre un peligro inminente. ¿Pero es esta etiqueta precisa? ¿Nos ayuda a entender y combatir estos fenómenos, o se ha convertido en un epíteto fácil que, vaciado de contenido preciso, nubla cualquier perspectiva de cambio real?
Frente a la noción simplista de un «nuevo fascismo», nacional e internacional, seguidamente planteamos que se trata de un atajo peligroso, empleado oportunistamente por las dirigencias de ciertas fuerzas políticas, cuando lo que más necesario resulta es una comprensión más profunda y estratégica, indispensable para quienes defiendan una alternativa política real.
La Alarma «Antifascista» que se convierte en una trampa
La acusación de «fascismo» es a menudo utilizada como una herramienta electoral por el establishment político tradicional. Como expone Arturo Inglott en su análisis del trabajo del marxista estadounidense Greg Godels, partidos como el Demócrata en Estados Unidos, al carecer de un programa propio que genere entusiasmo, enmarcan las elecciones como una simple votación «contra el fascismo». Esta táctica busca movilizar el apoyo hacia sus propias políticas, a menudo fallidas, presentándolas como el único mal menor.
Se pide al electorado que apoye a las mismas fuerzas políticas cuyas acciones —como la degradación económica de las clases trabajadoras o un belicismo constante— alimentan directamente el mismo descontento que viene dando alas a la extrema derecha.
La respuesta a una crisis cada vez más profunda del gobierno capitalista que está perdiendo su legitimidad a los ojos de las masas no es reunir apoyo en torno a las políticas fallidas que crearon y profundizaron la crisis. La alternativa es desarrollar respuestas reales a la desesperación que enfrentan los trabajadores De esta forma, la lucha «antifascista» se convierte en un mecanismo para perpetuar un sistema que genera las condiciones para el auge de los movimientos que dice combatir.
Al «Nuevo Fascismo» le falta un ingrediente clave: una revolución que aplastar
Esta estrategia electoral oportunista solo es posible porque la definición de «fascismo» que se utiliza está, en gran medida, desanclada de su contexto histórico, Porque el «viejo» fascismo histórico no surgió en un vacío. Una definición marxista, como la conceptualizada por R. Palme Dutt, lo describe como un movimiento contrarrevolucionario, financiado por la clase capitalista para destruir una amenaza tangible y organizada de la clase trabajadora. «El fascismo —explica Dutt— se desarrolló como un movimiento en la práctica, en las condiciones de la amenaza de una revolución proletaria, como un movimiento de masas contrarrevolucionario apoyado por la burguesía…» (lo que contrasta drásticamente con la situación actual). (Hoy) «la izquierda revolucionaria y las organizaciones de trabajadores actualmente representan muy poca amenaza para el orden capitalista». No existe un «clima de guerra civil ni intentos revolucionarios recientes que justifiquen el recurso al fascismo a ojos de los capitalistas«.
Más allá de la ausencia de una amenaza revolucionaria, G. Soriano identifica una diferencia sociológica fundamental: mientras que el fascismo fue el producto vitalista y conquistador de una sociedad joven y expansionista, los movimientos de extrema derecha actuales son el resultado de sociedades envejecidas que basan su éxito electoral en el miedo al otro. Sin estas condiciones —una amenaza que aplastar y un impulso expansionista— los movimientos autoritarios actuales operan bajo una lógica y en un contexto radicalmente diferentes a los del siglo XX.

La retórica antiinmigración choca con la realidad económica
En ningún ámbito es más evidente la brecha entre la ideología performativa y la necesidad económica que en la gestión de la inmigración. La realidad se impone sobre la pureza doctrinal una vez que la extrema derecha alcanza el poder. El caso de Giorgia Meloni en Italia es paradigmático. A pesar de haber propuesto un «bloqueo naval» para frenar la llegada de migrantes cuando estaba en la oposición, su gobierno tuvo que aprobar la entrada de cientos de miles de trabajadores extranjeros (136.000 en 2023, 151.000 en 2024 y 165.000 en 2025).
La razón es simple: son «indispensables para la economía italiana», un país con una población envejecida donde los jóvenes locales no desean realizar trabajos agotadores y mal pagados. De hecho, las mayores regularizaciones de extranjeros en la historia reciente de Italia ocurrieron bajo los gobiernos de Silvio Berlusconi. Esto demuestra que las necesidades estructurales del capitalismo pueden pesar más que el programa xenófobo que les permite ganar elecciones.
La extrema derecha no crece sola: se alimenta de los fracasos del centro y la izquierda
El ascenso de figuras como Marine Le Pen en Francia no puede entenderse como un fenómeno aislado. Su popularidad se ha construido sobre el profundo rechazo popular generado por las políticas de gobiernos centristas como el de Emmanuel Macron. Como detalla el análisis de G. Soriano, dos momentos clave crearon un vacío político que la extrema derecha supo capitalizar. Primero, la «represión despiadada» contra el movimiento de los chalecos amarillos, que demandaba protección económica y más democracia. Segundo, la imposición vertical de medidas como el pase sanitario durante la pandemia de COVID-19, que se llevó a cabo sin un debate social amplio.
El punto crítico es que, en ambos casos, la izquierda tradicional y la extrema izquierda se alinearon en gran medida con las decisiones del gobierno. Al hacerlo, permitieron que la Agrupación Nacional (RN) de Le Pen «monopolizara (o casi) las voces más críticas», convirtiéndose en el único refugio percibido para el descontento, no por la fortaleza de sus ideas, sino por el abandono de sus oponentes.
Abusar del término «Fascismo» acaba banalizando su verdadero horror
Este vacío político se ve agravado por un error de diagnóstico que desarma a la oposición. Paradójicamente, la inflación del término «fascismo» para describir cualquier gobierno autoritario o político detestable puede tener un efecto contraproducente y peligroso: restarle poder y significado histórico. Si se aplica la etiqueta a situaciones que, aunque graves, no se comparan con el horror de los regímenes de Hitler o Mussolini, se corre el riesgo de trivializar su memoria.
G. Soriano advierte sobre la peligrosa conclusión que esto puede generar en la mente del público. Pero esto solo alimenta la idea, entre la mayoría de la población, de que «si esto es fascismo, no es tan malo». Un error de análisis, además, que impide forjar las herramientas y los argumentos correctos para combatir eficazmente los peligros reales de la situación política actual. Nombrar los fenómenos con precisión (análisis concreto de la realidad concreta) es el primer paso para poder enfrentarlos.
Conclusión
En definitiva, para combatir eficazmente a la nueva extrema derecha, se necesita un análisis político preciso y concreto sobre el que fundamentar la propuesta política, no condenas morales basadas en etiquetas simplistas.
Reconocer las profundas diferencias entre los movimientos actuales y el fascismo histórico no significa «trivializar» su amenaza, sino comprender la dinámica real que les permite consolidarse en el poder.
Si la etiqueta de «fascismo» es una trampa que nos desarma, la pregunta urgente es cómo articular una oposición real. Una que no solo condene el miedo, sino que ofrezca una alternativa creíble a la desesperación que lo alimenta.

Referencias
